Martes 2: Ademit
Toca uno de los "grandes". Nos esperan casi dos horas de coche. Bajamos por el valle hasta Tepelenë, que rodeamos para coger la carretera que remonta el valle del Bënçës. Identificamos la curva donde supuestamente se deja el coche de salida, junto a una cantera, pero preferimos probar a entrar por el camino. Mientras parezca posible la subida, continuamos. Tras 1,5 km aproximadamente, una fuerte rampa y un pequeño prado nos invitan a parar y aparcar ya el coche. Al menos hemos ahorrado esa parte del retorno, que no es poco.
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| Descenso y combinación de coches, ambos muy largos. |
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| Aparcamiento para la salida. Google Maps. |
Volvemos a la carretera y según vamos coronando la subida, desde lo alto se domina el impresionante valle del Gurës. Atravesamos Lekdush y Progonat y decidimos hacer una pequeña parada al ver un monumento que no podía tener aspecto más comunista.
Atravesamos Gusmar y el cauce del Kozica y por fin llegamos a Rexhin. Bajando por el otro lado del pueblo, siempre siguiendo la carretera, ésta cruza el cauce del Ademit justo en el punto donde comienza a encajarse. Aparcamos a unos pocos metros.
Me toca llevar la cuerda de 100 metros, que encima es nueva, así que la mojo para que quepa en la mochila. Y ya que estoy listo, monto el primer rápel, con pasamanos de aproximación. Pinta salto pero está oscuro abajo, así que me espero a que mis compañeros, menos saltarines, me confirmen que no hay problema. ¡Buen sabor de boca para arrancar! Y otro salto más facilito seguido.
El primer tramo oscuro es cortito. Estamos en un pasillo formado por un cauce subexcavado de estratos finos, parecidos a los de ayer. Es como flysch blanco y redondeado.
Toca andar un ratito, con el encajamiento abriéndose poco a poco. De hecho, esta sería la tónica general durante el día: ratitos de andar entre resalte y resalte. Cuando empiezas a aburrirte un poco, llegan uno o dos rápeles.
El caudal es majo, empuja en los rápeles pero no hasta el punto de tener que evitarlo. ¡Por fin algo de agua!
Tras varios rápeles y tramos de andar, alcanzamos un punto donde una senda corta el cauce. No vemos un punto claro donde descender el primer resalte de unos pocos metros ni salto claro, así que instalamos en un anclaje a la izquierda. ¡No podía estar peor situado, con un roce bestial en seco para un rapelillo de nada!
A continuación, uno de los puntos más vistos en fotos del descenso, ya que se puede llegar caminando. De hecho, creemos que es el final del tramo superior. Montamos un pasamanos para descender después por el caño de una cascada inclinada, hasta una gran badina. Una pareja nos observa desde la senda.
Un par de rápeles seguidos en otra grieta por la que se introduce el agua y poco después nos plantamos ante una gran cascada. ¿Será la de 85 metros? Lo parece, pero la topo del libro no nos está cuadrando del todo. Hay una instalación viejuna a la izquierda, para bajar por el agua, y vemos otra a la derecha. Decidimos utilizar esta segunda porque parece tener la recuperación mucho más fácil: menos roces y menos metros de cuerda de la que tira el agua de la cascada.
Bajo el primero por una pared recta, de inclinación muy constante. Al final del rápel me acabo juntando con el agua. Pero esto no son 85 metros ni de lejos. Doy señales para que ajusten la cuerda a ras de agua.
Cuando baja Pelayo desplegando cuerda, comprobamos que la de 100 no llega en doble, claro, pero tampoco le faltaban tantos metros... Así que este tenía que ser el rápel de 65. No hemos visto ese punto intermedio para hacer 15+50.
Aclarado un poco el asunto de la topo, seguimos y poco después encontramos otras cascada que desaparece en el vacío. El final parece estar en el centro de la tierra, allí abajo, muy lejos. Nuevamente bajo el primero. Esta vez doy casi los 100 metros. La cascada empieza en rampa, cogiendo inclinación poco a poco. El agua despega de la roca y no deja ver nada. No me complico y sigo básicamente la vertical de la cuerda, que se cuela bajo el chorro principal. Cuando consigo ver algo, una gran marmita redonda me espera abajo, tras un inmenso tobogán de paredes lisas y verdes. El agua cae por todos lados y el sol hace que aparezcan estrellas, arco iris y unicornios. ¡Qué gozada! Si tuviese una clasificación de los mejores rápeles que he bajado, este entraría en el top 10 seguro.
Pero los que me conocéis ya sabéis que me gusta correr por la pared cuando se puede, y el rápel se acaba antes de lo que me gustaría. Toca volver a la vida real: ajustar la cuerda, buscar un sitio para hacer fotos a los demás y esperar a la recuperación... pero con una sonrisa de oreja a oreja.
Tenemos hambre, pero comer con la corriente de aire y agua que origina el cascadote no es una gran idea, así que decidimos seguir un rato. Toca patear. Pasamos por la desembocadura del Kozica, del que se ven las últimas cascadas, con buena pinta pero menos agua.
En un tramo más abierto, la marcha se interrumpe por un resalte marcado en 15 + 20. Lo bajamos en una única tirada, con algo de roce. Y es el último, porque no vemos rastro del R5 indicado después. En un marcado giro a la izquierda llega por la derecha el Gjikelës. Dejamos los trastos y remontamos éste en busca del famoso arco.
Por más que intenté buscar fotos antes del viaje, no conseguí averiguar qué aspecto tenía. Me esperaba una especie de arco con forma de arco, pero grande. Y según me acerco, descubro que es más bien tipo cueva, las dos paredes del cañón se juntan allí arriba. Y todo está verde. La oscuridad dentro es notoria, casi al límite de necesitar frontal.
Pero toca volver, que nos queda un buen rato hasta el coche. Justo donde desemboca Gjikelës comienza un pasillo inundado rectilíneo de paredes altísimas. Vemos un puentecillo de tablas allá arriba, que dudo nadie se atreva ya a cruzar. A nadar. Y a andar. Y a nadar. Y a andar... mucho.
El pasillo es impresionante. No exageran al decir que es uno de los más impresionantes de Europa. Por constancia y luz tenue, me recuerda al Chiantone. ¡Pero este no se acaba nunca! Ni rastro del pequeño rápel que indica la guía (O se me ha olvidado con tanto pateo). Hay varias zonas donde el cauce se abre un poco, y aprovechamos alguna para hacer breves paradas.
Unos 3 km después llegamos a la desembocadura del Gurës. El pasillo va abriéndose poco a poco, hasta que claramente salimos a cauce abierto, donde el valle coge dirección este. Realmente estamos ahora en otro río: el Bënçë. No debería faltar mucho para el camino de salida hacia el coche...
La realidad es que aún queda al menos otra hora de pateo por río o sus márgenes, todo lleno de piedros. Hacemos un intento por seguir una senda por la orilla, pero es peor el remedio que la enfermedad y volvemos al cauce con algunos arañazos de premio. Cuando por fin vemos los restos de la presa por donde salir respiramos con alivio. El coche está todavía a 1 km, pero por una cómoda pista, ya no hay que ir haciendo equilibrios entre cantos.
Y aún toca volver a recuperar el otro coche, a 45 minutos por carretera... ¡Y vuelta! Ante la perspectiva de llegar a las mil a Përmet, buscamos un sitio para cenar en Tepelenë. Aterrizamos en el Laze, donde somos los únicos clientes de una pareja mayor que tarda un buen rato en sacarnos la cena; se ve que le dedicó bien de tiempo a conseguir la carne más pasada que he comido jamás. Sólo con el hambre atroz que llevábamos fuimos capaces de masticar esa suela de zapato. También probamos un par de sopas, y concluimos que no eran uno de los fuertes de la comida albanesa.
Miércoles 3: Babos + Lengaricës
En el plan hoy tocaba Kozica o algún otro de los de Nivicë. Pero teníamos tal reventada del día anterior, tanto física como de coche, que decidimos tomarnos el día con más calma. Así que optamos por el cercano Babos, que se puede combinar con remontar el Lengaricës.
Tomamos la misma carretera para ir al Bënjës, pero la seguimos durante 1 km más, hasta que acaba en una gran zona de aparcamiento. Hacemos caso omiso del paisano que nos indica que aparquemos y seguimos hacia el puente que cruza el río, ya por pista. Enseguida empieza a subir, su estado es aceptable. Tomamos siempre los cruces a la izquierda. Tras 5,7 km desde el puente, cruzamos el cauce del Babos. Nosotros seguimos para dejar un coche junto a la presa de captación, a 9 km desde el puente.
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| Ambos aparcamientos nos dejan junto a los cauces. La pista no tiene pérdida. |
De vuelta al Babos, el acceso es inmediato. El caudal es muy bajito. El primer resalte invita al salto, pero no cubre. Se nota que estamos "de relax": nos movemos despacio, pesadamente. Otro rápel y tenemos un tramo de andar, pero no se hace pesado. Hay pequeñas badinas, destrepes, la roca de tipo flysch hace formas curiosas y resulta agradable de recorrer. Nos lo tomamos como un paseo, y justamente de paseo va la cosa, pues hay un tramo largo sin rápeles.
Por fin aparece un resalte donde instalar, un tobogán curvado. Tras comprobar que cubre, hacemos tobogán a pesar de lo poco que desliza la roca. Los rápeles son muy sencillos, hasta el punto que instalamos más por comodidad que por esforzarnos en destrepar.
Tras 1,5 km de descenso aproximadamente, un afluente se nos une por la derecha. El cauce ya es cada vez más abierto, hasta que llegamos a una explanada con restos de actividad humana. El agua ha desaparecido. Podría parecer que el barranco ha terminado, pero al fondo el cauce vuelve a encajarse. Bajo un puente encontramos el rápel de más altura, con un desviador. Quizás por la tranquilidad con la que llevamos la mañana, no prevemos bien la maniobra y la cuerda de recuperar entra en el mosquetón del desviador. ¡Hale, a remontar!
Al pie de este rápel tenemos un patio amplio, que vuelve a cerrarse para el encadenamiento final, donde además encontramos unas magníficas marmitas de agua fresquita y no muy clara; no queda más remedio que meterse. El último resalte cae ya en el cañón del Lengaricës, donde podemos ver que el agua está completamente turbia: lo mejor para caminar por un río.
El cañón es espectacular: paredes altas y un buen caudal. Es un río. Qué lastima el color del agua, y no sólo porque dificulta nuestra progresión.
Técnicamente no hay nada que reseñar, ya que se trata de andar por el río. En pocos sitios nos toca nadar. Mejor así, porque vamos a contracorriente. Sobre una de las rocas, una serpiente. Pelayo nos confirma que es una víbora hocicuda, así que no tocar.
Tras unos 2 km pasamos bajo el puente que nos indica que esto se acaba. Poco más adelante aparece la presa junto a la que hemos dejado el coche.
Nos tomamos el resto de la tarde de relax, ya que al día siguiente toca otro de los largos... Esta vez cenamos en el Sofra Përmetare, justo al lado del de la primera noche. Sin desmerecer, quizás el Trifilia fue el que más nos gustó de los tres de Përmet.
Jueves 4: Gurës
Entre Kozica y Gurës, nos decantamos por este último por dos razones: que no fuese tan parecido al Ademit y su cascada de 200 metros. Pero teníamos varias incógnitas: se supone que es posible encontrar el agua contaminada por vertidos de una granja, la cascada de 200 m podría estar mal instalada y tiene grave peligro de caída de piedras. Además anunciaban algo de lluvia, aunque nada muy preocupante viendo los modelos. A pesar de ello, decidimos atacarlo.
Repetimos el patrón del Ademit: madrugar y carretera. Ya conocíamos perfectamente dónde dejar el coche de abajo, y el recorrido hasta el de arriba ya sólo era la mitad que para el Ademit: el coche se deja junto al puente del marcadísimo cauce entre Lekdush y Progonat.
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| Lo malo es que ya conocíamos el pateo inmundo por el río para salir del pasillo de Nivice. |
El cauce inicial es un nada prometedor montón de bloques. Ni siquiera se ve el agua. Pero enseguida se va limpiando, aparece un gracioso puentecillo de madera y unos metros después el suelo se abre a nuestros pies.
Un primer rápel de unos 25 metros nos deja ante un perfecto arco de piedra. Por la izquierda se ve una senda para turistas, pero sin gente. Increíble que no esté lleno, pocos lugares como este se encuentran por el mundo. Porque no es qua haya un perfecto arco, sino que entre el tercer y cuarto rápel hay otro arco mayor. Y además el caudal parece perfecto. Sólo por esto ya ha merecido la pena venir hasta aquí.
Tras este espectacular inicio, caminamos un rato y aparecen algunos rápeles más. Saltamos lo más evidente.
En poco tiempo llegamos a un circo que recibe una cascada por la izquierda, casi enfrente de la nuestra, de unos 25 metros. Mis compañeros no notan nada, pero yo, no sé si por el comentario sobre el vertido, noto un pequeño olorcillo en el agua, y algunas zonas con una babilla más resbaladiza que al principio del descenso.
No da mucho tiempo a pensarlo, porque se nos acaba el suelo y nos encontramos frente a un precipicio del que no vemos el fondo. No hay duda de que estamos ante el Abismo de Gurës, la mayor cascada de Albania.
El acceso a la primera cabecera es más expuesto de lo deseable. Ángel pone la primera cuerda y yo bajo, supuestamente unos 20 metros, pero no encuentro reunión alguna. La cascada hace una curva más abajo, hay un hombro por la derecha, así que quizás la han puesto por ahí, fuera del activo. Me pongo a superar el hombro, las piedras están muy sueltas. Tiro una grande que estaba a puntito de caramelo y debajo me sale un miniescorpión de unos 2 cm. ¡Uh, sustito! Asomándome un poco más, veo que la reunión está, en efecto, escondida de la vista y totalmente fuera del activo.
En el siguiente rápel baja Pelayo. Se supone que son unos 12 metros, pero tarda muchísimo. Cuando ya por fin podemos bajar, encontramos que la reunión está cerca del activo, nuevamente, pero muy lejos de la vertical de la cuerda y sobre una repisilla que le había costado alcanzar. Diría que han sido más bien 20 metros, no 12.
Los siguientes rápeles son más arrampados, cogemos algo de ritmo en el descenso. Una de las reuniones es monopunto, pero no vemos más alternativa. El último rápel gana verticalidad. Las medidas no nos han cuadrado. Hemos hecho 6 en total, unos más largos y otros más cortos de lo indicado en la guía. Según vamos bajando, nos buscamos un sitio donde poder contemplar cómo los demás descienden el Abismo.
Ha sido una cascada impresionante, que nos ha dejado en un circo inhóspito, con paredes de marcados estratos finos y rocas amenazantes todo alrededor.
Continuamos. Se supone que quedan tres rápeles menores antes de la gran pateada, pero la verdad es que nuevamente la topo no cuadra en absoluto. Hay más rápeles y, sobre todo, de mayor longitud. Calculamos que alguno rondaría los 40 metros, frente a los 30 indicados. Y con el sol iluminando las cascadas, salen algunas fotos chulas de verdad.
Aunque seguimos en un cañón imponente, el encajamiento del cauce se abre y empiezan a aparecer bloques. El agua desaparece bajo ellos. Ahora sí parece que se han terminado los rápeles y toca andar.
La guía indica 1,5 horas de pateo hasta el Ademit. Sabemos que normalmente ganamos tiempo a las guías en las zonas de rápeles y perdemos un poquito en los pateos, pero nos lleva bastante más de 2 horas este tramo, extremadamente monótono si no fuese porque cerca del final vuelve a aparecer el agua, vuelve a estrecharse e incluso hay que nadar en algún punto.
Llegamos a Ademit, ya sabemos lo que nos espera. Sin embargo, en esta ocasión decidimos salir del Bënçës a la altura del puente, lo que nos ahorra los últimos 700 metros de cauce por una marcada senda en la margen derecha.
Esta vez es mucho más pronto que cuando terminamos del Ademit. Buscamos otro sitio para cenar en Tepelenë. Optamos por el Zgara, que resulta mucho mayor acierto que el de la pareja mayor. Un grupo de chicos jóvenes nos atienden de maravilla, con gran rapidez, y nos ponemos morados de todo tipo de carnes a la parrilla.
Viernes 5: Prishtës
Toca mudanza, porque empieza nuestro retorno hacia el norte. Tenemos que viajar hasta Poliçan, en el valle del Ozumi, y de camino haremos un descenso sencillito: Prishtës.
Google nos marca casi 3 horas para una recorrido de 86 km. Miedo... Iniciamos la ruta. En Këlcyrë dejamos la carretera principal, y en Ballaban giramos 90º para empezar el cruce de las montañas. Pero tras 1,5 km, el asfalto se acaba y la carretera se transforma en una pista con unos socavones impresionantes. Ante la perspectiva de tener que recorrer 20 km así, decidimos buscar una ruta alternativa.
Volvemos hacia Këlcyrë y casi hasta Përmet, y nos adentramos por el valle del Lumicës. Esta vez el camino de tierra comienza directamente en la carretera principal pero ofrece bastante mejor aspecto. Tras cruzar el río, dejamos un primer camino a la izquierda y tomamos el segundo, que comienza con un par de horquillas. Aparte de algunas rampas empinadas, no está en muy mal estado hasta el pueblo de Raban, Pero después empieza a haber baches de mayor tamaño. Un coche bajo tendría problemas. Sin embargo, nuestros Dacias son unos valientes y siguen. No apetece nada darse la vuelta a estas alturas. Coronamos el puerto, con una buenas vistas, y comenzamos la bajada. Nos cruzamos con varios vehículos todo terreno que parecen estar viajando por estos caminos; la mayoría, polacos.
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| En rojo, el tramo de camino que nos planteaba el navegador. Hoy Google Maps ni lo ofrece. Por carretera, más de 4 horas. |
26 km después, volvemos a pisar asfalto. Estamos en el valle del Ozumi, con el agua turbia y, aparentemente no mucho caudal. Se ven anuncios de rafting y actividades acuáticas, parece una zona más turística en este sentido. Enseguida llegamos al cruce hacia Prishtës, recién asfaltado. 500 me después, tomamos el camino a la derecha, que seguimos otros 500 m hasta el puente sobre el barranco, que nos marca el inicio. Laura decide no hacer el descenso y nos esperará con un coche en la salida.
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| Laura nos recogió en el mirador, pero no hay sitio donde dejar el coche fuera de la carretera. Para eso, P2. |
El primer destrepe para entrar en el cauce no es tan evidente como podría parecer, quizás es porque llega al empezar, en frío. Estamos de nuevo en un barranco en flysch, roca clara y que agarra, con el agua turbia otra vez, y bastante basura.
Recorremos los primeros metros, con algún pequeño resalte, y enseguida llegamos a un rápel mayor, unos 25 metros. Se puede instalar por ambas márgenes, pero por la izquierda, previo pasamanos, la recuperación queda más limpia.
Cruzamos una badina colgada y ya estamos en el rápel final, una preciosa cascada que se abre, con panza inicial, y que cae directamente al Ozumi. Ángel aprovecha la sencillez de este descenso y el magnífico día soleado para sacar el dron y grabarnos, así que hay que lucirse un poco, jejeje.
Mientras rapelamos, vemos pasar alguna balsa tipo rafting y alguna piragua. No son aguas muy bravas, pero algún rapidillo sí hay.
Tras recoger la cuerda, nosotros seguimos caminando y dejándonos flotar en la corriente cuando se puede. Tenemos que recorrer unos 750 metros de río hasta alcanzar una amplia playa de piedras en la margen derecha donde sale el sendero que sube a la carretera. Está balizado. Arriba nos espera Laura junto a un mirador, en cuyo centro se abre una pequeña sima con una leyenda. Resulta que hubo una novia que... Mejor os dejo descubrir la historia a vosotros. Por cierto, la última cascada del Prishtës es conocida como la Cascada de los Enamorados.
Retomamos la carretera, pero como vamos sobrados de tiempo, decidimos indagar un poco pensando en los días que nos quedan. Dudamos entre Çorovodës, con su extremo encajamiento y compromiso, y Dobrushës, atractivo por su gran número de rápeles pero quizás seco. Nos acercamos a la salida del primero. Identificamos el punto de llegada y también el edificio de la central eléctrica cuya captación influye en el caudal, pero no vemos información alguna ni nadie a quien preguntar.
Vamos entonces a la salida del Dobrushës, en Bogovë, y justamente vemos un grupo con material de barrancos, así que los asaltamos en busca de información. Son polacos y acaban de salir del barranco. Nos dicen que lleva muy poca agua y está muy sucio, con muchas algas. Que si tenemos mucho interés, se puede hacer, pero que ni de lejos está en sus mejores condiciones. Así que decidimos que probaremos con Çorovodës.
Seguimos hacia nuestro alojamiento. Nos cuesta encontrar el acceso a lo que parece una nave agrícola. Una señora que apenas habla inglés nos dice que es ahí y nos muestra nuestras habitaciones. Es algo curioso: en el extremo de lo que, en efecto, es una nave, han montado un pequeño alojamiento con un salón común y unas habitaciones con baño. Más tarde llega su marido, que sí habla algo más de inglés, y nos explica que es una planta de conservas. Compra hortalizas a los agricultores locales y las envasa. Nos ofrece un licor junto al fuego y charlamos un rato. Le interesa mucho lo que hacemos, aunque no termina de entenderlo, y también nos cuenta cómo era la vida en el valle en la época comunista y posterior.
Sábado 6: Ari + Çorovodës
Se supone que es un descenso peligroso por la actividad hidroeléctrica que, aunque poco probable, podría generar una crecida fatal. La poca información que tenemos hace pensar que es casi imposible que eso suceda, y el cauce tiene signos de no haber tenido una mínima crecida del caudal en muchos meses. Pero al pasar por delante de la central, vemos a un trabajador dentro. Me tiro del coche casi en marcha para correr a preguntarle. Apenas habla inglés ni francés ni otro idioma parecido, pero consigo que me confirme que no hay peligro por entrar en el cañón.
Ya tranquilizados, dejamos el coche en la salida y subimos con el otro hacia Osojë. Hay que seguir la carretera principal del valle desde Çorovodë durante unos 2 km desde el final del pueblo hacia el sur hasta un cruce que indica Potom. Ahí comienza la subida de otra carretera asfaltada, que pasa por Zogas y Polenë. A 8,5 km desde el cruce, cuando ya no queda montaña para que la carretera siga subiendo, la dejamos para tomar un camino a la izquierda, que desciende hacia el norte. Decidimos dejar el coche en un entradero donde no moleste, ya que el camino se va haciendo de dudosa franqueabilidad para el Dacia.
Ya a pie, continuamos hacia el norte. A unos 300 metros hay una encrucijada de caminos, en que seguimos hacia el Noroeste. Enseguida coronamos un collado desde el que ya se ve el valle que conduce al barranco Ari. Encontramos puntos azules y decidimos seguirlos, aunque nos llevan por una senda que se va alejando del fondo del valle. Llega un punto en que nos resulta ya demasiado sospechoso, y decidimos abandonar la senda principal, cada uno por un lado, en busca del acceso al barranco. En efecto, la senda principal no era nuestro camino; quizás estaba balizada para indicar la aproximación a pie, sin combinación de coches.
Recuperamos una nueva serie de puntos azules que descienden por el fondo del valle. Esta vez ya no hay duda de que nos conducen al Ari. Encontramos varios destrepes y bastante vegetación molesta, que obligan a alejarnos unos metros del cauce en varios puntos. Poco después de entrar en un bosque más formado, por fin alcanzamos la primera instalación, donde unos nos ponemos el peto y otros no, ya que no corre más que un triste hilillo de agua.
Da la impresión de que la instalación es bastante reciente, y eso explica que nuevamente la longitud de los rápeles no termine de cuadrarnos, especialmente en el tramo más vertical, con el croquis del libro de Coquin (en el de Van Duin no viene más que una mención al Ari).
El descenso no presenta complicaciones, y el único problema por no ponerme el peto es que hay tan poca agua que, en uno de los rápeles sobre musgo, levanto barro de la cuerda y me mancho la camiseta y el pantalón. Y, los que me conocéis, ya sabéis lo que me gusta mancharme...
En el descanso previo al último rápel no encontramos rastros de osos, aunque sí se ve una especie de senda. Tratamos de no hacer mucho ruido ni entretenernos demasiado, por si acaso.
Ya en Çorovodës, estamos en un cañón de cauce ancho, con algunos árboles y bloques. Al principio son bloques más bien pequeños, pero en cuanto giramos hacia el Suroeste, se van haciendo más grandes, obligándonos a esforzarnos más en buscar el paso. Las paredes se van estrechando y encontramos algún resalte aislado que pide cuerda, aunque no encontramos instalación. Improvisamos con un cordino en algún bloque empotrado; en algún caso descubrimos que podríamos haber saltado, pero es mejor prevenir.
Continuamos y de repente un rápel nos introduce en un agujero oscuro. Toca sacar frontales, ¡y no por poco tiempo!
El tramo que sigue alterna rápeles, meandros, pasillos y salas, con la oscuridad como nota dominante, aunque en ocasiones la luz del sol consigue alcanzarnos. El frontal es imprescindible. Pocos barrancos como este habrá en el mundo. Junto con las cascadas de Ademit y Gurës o el pasillo de Nivicë, este tramo justifica el viaje sobradamente.
Deseamos que no se acabe, y no es un tramo corto precisamente, pero el pasillo se va abriendo hasta que claramente vemos el final de la garganta junto a unas estructuras de hormigón a media altura. Son los famosos búnkeres. Un puente ya inservible comunica los de la izquierda con los de la derecha. Estos últimos son accesibles, aunque son poco más que una gran nave rectilínea excavada en la roca.
Ya sólo queda caminar unos 800 metros hasta el coche. Justo al comenzar el camino, un puente cruza sobre un afluente en el que se ve instalación: es otro descenso que no aparece en la guía de Van Duin.
Mientras Ángel y Esteban suben a recuperar el coche de arriba, buscamos sitio para cenar en Çorovodë. Tomamos una cerveza en la agradable terraza del Drita e Tomorrit y decidimos cenar en el Turhani. No está mal, pero no nos entusiasma, la verdad.
Cuando volvemos al alojamiento, nos encontramos con una señora francesa en nuestro salón: resulta que no eran 3 sino 4 habitaciones, y el salón era compartido. ¡Y nosotros que lo habíamos invadido con nuestros trastos! Otro rato junto al fuego y le contamos al dueño el cañón que tiene cerca de su casa. Esta vez sí comprende lo que hemos hecho y queda asombrado por no conocerlo, a pesar de haber trabajado en unos búnkeres cercanos durante la etapa comunista. También nos cuenta que los esquíes (rectos, de los 90) que hay detrás de la puerta de nuestra habitación son suyos, y en invierno aún los usa en la montaña cercana.
Domingo 7: Arcovës
Otra vez a desplazarnos. Esta vez tenemos que ir cerca de Elbasan, pasando antes por el Arcovës. Nos esperan dos horas de viaje para algo menos de 100 km, aunque esta vez todo por carretera. Por el camino cruzamos Berat, que sí parece una población digna de visitar. Pero estamos a barrancos, no a monumentos, y seguimos.
En Gostimë tomamos la carretera hacia Gramsh, que pasa junto a la presa de Banjë. Es una carretera con un buen trazado, que rodea el embalse. A la altura de Drizë, giramos a la izquierda por la SH71, que seguimos durante 1 km antes de dejarla hacia la derecha. Es algo extraño: es ya casi un camino de tierra que sube hasta el cruce para luego bajar casi paralela. Seguimos esta nueva carretera junto a uno de los brazos del embalse, con un puente sin tablero. El agua desaparece y el fondo del valle es ahora un amplio cauce con signos de importantes crecidas. Nosotros seguimos la carretera, que cruza un afluente que viene desde el Norte e inmediatamente empieza a subir. En la primera horquilla dejamos un coche.
Laura y Ángel han decidido descansar y hacer turismo por Elbasan, así que nos suben todo lo posible con el otro coche. La carretera se convierte en camino a los pocos metros del coche de abajo. Continuamos durante otros 4,3 km hasta que vemos un camino que pensamos es el inicio de la aproximación. Justo aparece un lugareño que nos pregunta si buscamos el cañón, y nos confirma que estamos en el sitio correcto.
Ya a pie, nos dirigimos por un camino rectilíneo con dirección NNE, siempre entre bosque. Más adelante hace algunas curvas, pero no dejamos el camino hasta exactamente 1 km desde el coche. Aquí salimos a un gran prado descendente. Realmente, es una sucesión de prados donde no es fácil seguir la senda. Incluso con las huellas recientes del grupo de polacos que encontramos el viernes, nos perdemos en algún punto, en el final de los prados. La dirección es buena, y no tardamos en encontrar una senda entre los arbustos que desciende hacia el río. En un nuevo prado, preferimos seguirla antes que lanzarnos en línea recta hacia el inicio del barranco, que ya intuimos.
Vemos algo que no aparece en las fotos de satélite ni en los mapas: hay bastante movimiento de tierras reciente. Hay una gran conducción, un túnel y todo el cauce está removido. Sigue en pie el edificio que se ve en la imagen, pero todo lo demás está alterado. Nosotros seguimos por el cauce hasta el inicio del encajamiento, a unos 10 minutos.
El inicio no hace mala pinta. Podemos hacer algún pequeño salto y comenzamos con unos bloques para entrar en calor. Pronto alcanzamos el primer rápel, en que no encontramos una segunda instalación, por lo que descendemos dos resaltes en uno. No llega a 20 metros de cuerda. Otro rápel encajado en una grieta por la izquierda (no terminamos de comprender totalmente la ubicación de los anclajes), y pronto llega la oscuridad. Sin ser tan cerrado como el Çorovodës, sí es necesario el frontal.
El caudal es bajito, con el triple de agua ganaría bastante, y hay algo de turbidez. Nos quedamos con ganas de algún salto.
Y enseguida llegamos al final, poco más de una hora después. Hay tábanos, así que aguantamos un poquito el neopreno. Aguas abajo del barranco han construido una pista por el cauce. Tenemos dudas de si los Dacias podrían recorrerla, pero desde luego acortaría bastante el retorno. De hecho, diría que el túnel que hemos visto podría servir de acceso súper-fácil y rápido, evitando la combinación de coches. A nosotros nos toca caminar un buen rato hasta la carretera, donde encontramos nuestro coche al sol. Hace calor.
De nuevo en carretera, seguimos hasta Tregan, donde está nuestro último hotel. En Google aparecen muchos hoteles en este lugar. Al llegar descubrimos por qué: aguas termales. Y sulfurosas, ¡el pueblo entero huele que apesta! En fin, al menos es por causa natural. Nos atiende un encargado joven que compensa con extraordinaria amabilidad la cutrez del sitio. Como no tenían nuestras habitaciones preparadas, nos ofrece unas bebidas gratis. Dejamos los trastos en una de ellas y nos vamos a Elbasan.
Estamos ya en una ciudad de tamaño apreciable, con un pequeño casco histórico, tiendas, bares, restaurantes y bastante más gente. Podría decirse que es el primer momento del viaje en que hacemos algo de turismo. Nos encontramos con Laura y Ángel, damos una vuelta por el centro, que se recorre en un momento y nos sentamos en una terraza. Una manifestación pasa por la avenida principal: al parecer están protestando por un megaproyecto turístico de Trump, con el lema ¡Albania no está en venta! Ganas nos dan de unirnos... Laura y Ángel tenían localizado un restaurante griego pero, al encontrarlo cerrado, nos conformamos con una hamburguesa.
Lunes 8: Shushices
En efecto, el hotel era cutre: el baño es de esos en los que hay que proteger el papel higiénico, porque la ducha es un grifo que sale de la pared, sólo que en este caso está renegrido por la cal (o el azufre), la humedad y una falta de limpieza y mantenimiento regular. Al menos tenemos una terraza donde hemos podido poner a secar todo el material.
Nos dan de desayunar y nos ponemos en marcha hacia Gjinar. Nuevamente, necesitaremos una hora para recorrer sólo 33 km. La parte fácil es subir por la SH88. Pero al dejarla, el camino no es tan evidente. Hay varios cruces en los que es fácil desorientarse. A cambio, el camino no está nada mal, comparado con lo que tenemos recorrido. Llegamos al puente que marca claramente el inicio del barranco. Ángel y Esteban se van a dejar un coche lo más cerca posible de la salida, y empezamos nuestro último descenso del viaje.
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| El coche de inicio está claro. Para el de salida, no se atrevieron a bajar más por el estado del camino. |
Soy el primero en arrancar. Me acerco al puente, bajo el que comienza el primer rápel. ¡Qué extraño! Me huele como a queso de cabra. Miro por los alrededores y no encuentro ningún resto de basura, ni animal...
El primer encajamiento tiene varios rápeles casi encadenados, bajamos unos 50 metros de desnivel en un momento. Pero enseguida se abre el cauce y nos toca caminar. El olor lácteo casi desaparece. Tras cerca de 500 m caminando, el cauce vuelve a encajarse de nuevo, y esta vez durante casi 1 km.
Encontramos pequeños resaltes, nunca mayores de 10 metros, que hacen el descenso entretenido. Otra vez es imposible platearse saltos, porque creemos que no hay, y porque el agua está turbia. ¡Y vuelve a oler a queso! Deducimos que en algún punto habrá una granja de cabras y harán vertidos al río.
No tardamos mucho en pasar bajo un puente de tablas que da miedito, y enseguida se abre el cauce. Unos hitos por la derecha nos indican la salida... ¡cuya única opción es el puente de tablas! ¡Hemos dejado lo más peligroso del viaje para el final! La verdad es que con los árboles resta un poco de la impresión, y reconforta algo ver que las tablas se apoyan sobre perfiles metálicos.
La senda de retorno es bastante clara, aunque está algo invadida por la vegetación. En torno a media hora después, salimos a un camino. El coche está 500 m más arriba, en una curva donde Google marca una tienda (¿?).
Volvemos al hotel, montamos el tenderete con cuidado, porque esta vez sí necesitamos que todo se seque lo mejor posible, y bajamos de nuevo a Elbasan. Paramos a darles un lavado a los coches en uno de los millones de sitios que hay. El hombre que nos atendió se pasó media hora tranquilamente con cada coche: mojado, enjabonado, aclarado, pulido, mimado, cantado... Pensábamos que nos iba a costar un ojo de la cara, y cuando nos dice el precio dudábamos si euros o leks... ¡Nos costó 3 € por coche!
Esta vez sí encontramos el griego de Elbasan abierto, para desgracia de Esteban, porque casi todos los platos llevan queso. ¡Vaya día lácteo que le estamos dando al pobre!
El retorno
Nuestro vuelo despega a las 17:20, así que decidimos hacer turismo "convencional" en Tirana. Buscamos un parking cerca del centro y damos una vuelta. Sin esmerarnos mucho, da la sensación de que no hay gran cosa que ver. Nos dirigimos a la plaza Skënderberg, pasamos junto a la mezquita de Namazgjasë, subimos a la pirámide y cruzamos el antiguo castillo, convertido en una especie de centro comercial con restaurantes.
Esta vez soy yo el que sugiere un restaurante indio: Chakra India Fusion. Curiosamente, no nos ponen Papadam ni tienen cerveza Cobra en la carta, pero los platos tienen buen sabor. Un poco justos de cantidad, lo único.
Superamos el atasco de la autopista hacia el aeropuerto y vamos a devolver los coches. El del alquiler nos dice que tenemos una multa. ¿Cómo, cuándo...? Con los pocos datos que nos da, descubrimos que cuadra perfectamente con una parada rápida que hicimos en Përmet. No vimos señal de prohibido, pero no hay duda. 20 €, así que no discutimos.
Otra vez el vuelo con retraso, debe de ser una constante...
Comentarios personales
Albania me ha gustado. Tiene posibilidades como destino turístico, no sólo de barrancos. Es un país bastante montañoso que también ofrece playas. Ahora bien, falta mucho por hacer en cuestión de carreteras. Me esperaba un mayor ritmo de construcción, con el dinero que debe de estar entrando del turismo.
La gente es extraordinariamente amable, en general. He sentido preocupación porque estuviésemos a gusto, o por solucionarnos cosas, y en ningún momento he sentido el más mínimo peligro o ni siquiera que intentasen aprovecharse del turista extranjero. Lógicamente, en algunos sitios te aplican un cambio "ventajoso", pero bastante favor te hacen cogiéndote euros en lugar de su moneda oficial.
Me esperaba precios más bajos. Me ha llamado la atención que en las tiendas está casi todo bastante parecido a España.
Y por último, en cuanto a barrancos, que es a lo que íbamos: me he vuelto con sentimientos extremos. He sufrido algo de decepción porque la mitad de los barrancos estaban bien, sin más. Quizás con mucha más agua, o agua limpia, mi impresión hubiese sido diferente. El caso es que a veces pensaba si el vuelo, las tortuosas carreteras y el esfuerzo económico compensaban un descenso al que nada tenían que envidiar muchos de los Pirineos.
Pero luego pienso en los arcos de roca o la gran cascada del Gurës, las grandes cascadas del Ademit, el pasillo de Nivicë o los oscuros del Çorovodës, y concluyo que ha merecido totalmente la pena. Siempre digo que no necesito rápeles técnicos, caudales retantes o saltos de 12 metros para disfrutar, y Albania es el ejemplo perfecto de ello. De hecho, podría ser un destino de barrancos con niños.
¿Volveremos a la zona norte?
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