Mostrando entradas con la etiqueta Travesía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Travesía. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de julio de 2025

Cueto - Coventosa

Ya son más de 30 años haciendo espéleo, y todos ellos oyendo hablar y leyendo sobre esta travesía. Al principio, no tenía la técnica necesaria. Cursos de formación, perfeccionamiento, iniciador, TD2, práctica, exploración… Y cuando estaba seguro de mi técnica, llegaron las lesiones. Y llegaron los niños. Los astros parecían no alinearse.

2025, con uno de nuestros calendarios familiares más densos de los últimos años, pero había un hueco. Y no lo pensé, no quería esperar más. Lancé la propuesta en el club y tuvo respuesta casi inmediata, y perfecta: un equipo de 4 para la travesía y otro de 4 para el apoyo con el porteo de neoprenos.

Los preparativos

Para encontrar información sobre la travesía, nos basamos en la publicación del club Viana, y recorrimos un poco más la web y las redes para buscar algún dato más actualizado, que ya han pasado 12 años desde su redacción. Vamos, lo habitual. Sólo que, en esta ocasión, todos estábamos algo más nerviosos, algo más preocupados por tener todo previsto, por no dejar ni un detalle a la improvisación.

Nos reunimos por primera vez 10 días antes. El objetivo era una ejecución mental de la actividad para anotar todo el material que nos pudiese hacer falta, prever posibles incidencias y repasar la estrategia de cuerdas en el Pozo Juhué, sabiendo que al ser 4 no podríamos juntarnos todos en las reuniones.

Las principales decisiones que tomamos fueron:
  • El equipo de apoyo nos metería los neoprenos por Coventosa, junto con unos flotadores.
  • Cada uno llevaríamos una cuerda de 50-60 m, dos de ellas de 9 mm para descender, las otras 2 de 8,5 mm para recuperar y como sustitutas de emergencia.
  • 2 litros de agua por cabeza, en dos botellas, para poder beber en todo momento de una mientras la pastilla potabilizadora actúa en la otra.
  • Material de instalación reducido a su mínima expresión, ya que la travesía se había realizado pocos días antes, sin novedad. En caso necesario, cortaríamos alguna de nuestras cuerdas para reponer.
  • Sin bote estanco, para hacer las sacas más moldeables en los pasos estrechos, y poder encajar mejor todos los bultos en su interior. En su lugar, las bolsas estancas de los barrancos.
Para alojarnos, optamos por las Casucas de Asón. No queríamos algo más alejado, porque ponerse a conducir tras salir reventados de la cueva tiene el serio peligro de dormirse al volante.

La aproximación

No merecía la pena madrugar mucho. Total, íbamos a trasnochar igual... Con relativa tranquilidad, para estar seguros de no olvidarnos nada, preparamos el material y un poco de ropa limpia para la salida. Josean nos subiría en su furgo hasta donde se pudiese, y luego nos dejarían el coche de Rebe esperando en el aparcamiento de Coventosa.

Para no tener problemas de cobertura, avisamos al 112 desde Arredondo. Nos da la sensación de que esta vez hacen menos preguntas. Para evitar alertas innecesarias, decimos que pensamos tardar hasta 30 horas, aunque Josean sabe que más de 25 ya podrían indicar que ha pasado algo.

Llegamos al punto donde empieza el camino y éste parece transitable, así que seguimos. Sin problemas para la furgo, un coche bajito sí podría tenerlos. El camino se deja transitar hasta las cabañas de Buzulucueva, donde otro grupo acaba de localizar la boca de Tonio. A partir de aquí, seguimos a pie, con muy poca ropa, por el calor y la humedad de la mañana. Caminamos tranquilos, tratando de ahorrar energías. Lo de sudar poco es misión imposible, gracias también a un sol radiante. A cambio, tenemos unas vistas fabulosas. La senda está perfectamente marcada y balizada con marcas azules o amarillas. La ruta bordea dolinas y simas, que dan perfecta idea de lo que hay bajo nuestros pies.

P1: aparcamiento habitual para Tonio/Cueto. X: hasta donde nos pudo subir Josean. P2: aparcamiento de Coventosa. Imagen de mapy.cz.

En torno a una hora después, casi alcanzando la cresta de la peña Lavalle, una clara inscripción "Cueto" en una piedra nos desvía de la senda principal. Y a los pocos metros aparece nuestro destino. Sin dilación, ya que no queremos perder tiempo y, sobre todo, queremos escapar de los cada vez más abundantes tábanos, nos disfrazamos y preparamos el material.

Últimos preparativos.

Mis compañeros prefieren que yo vaya primero instalando. Esteban cerraría grupo ocupándose de la recuperación de cuerdas. Rebe y Pablo asegurarían el traspaso de las cuerdas de Esteban a mí, para minimizar los latigazos necesarios. Al menos en el Pozo Juhué no emplearíamos la técnica de barrancos en que cada instalador se queda con su cuerda hasta que pase todo el grupo, por la dificultad de cruzarnos en las reuniones colgadas.

La travesía

Pocos minutos después de las 10 de la mañana, meto la nariz en la boca de Cueto. Algunas arañas me hacen agacharme más de lo necesario, aunque no tiene nada que ver con Tonio. No he recorrido ni 4 metros, y mi frontal falla. No son las baterías, que llevamos como para una boda, sino el frontal en sí. Vuelta para fuera. Saco el "segundo" frontal, un Stoots minimalista, recomendación de Carolo. Todavía me queda un tercero de emergencia, pero es un simple Tikka. Planteo a mis compañeros darme la vuelta, pero consideramos que entre todos tenemos iluminación de sobra.

Segundo intento. Son las 10:10. Esta vez sí, entro derecho con la cuerda en la mano y la instalo en la primera reunión. Bajo mis pies se abren 300 metros de pozo. Estoy más nervioso de lo habitual, lo reconozco. Un repaso más a mi arnés, y me cuelgo. A rapelar despacio.

La cuerda es de 9 mm, de las que corren. Estaba previsto: todos vamos con Handy como mosquetón de freno. La primera tirada es algo volada, aunque la pared está cerca. El pozo se va abriendo. Parte de los nervios van dando paso a emoción. ¡Qué señor pozanco! Veo la segunda reunión: dos parabolt unidos con cadena y anilla doble en Y. Mal lo tenemos que hacer para que se atasque la cuerda al recuperar. A su lado, no tan visible, la reunión antigua, oxidada pero servible aún. Me anclo dejando espacio para Rebe, me suelto, doy el libre y comienzo a instalar la siguiente cuerda.

Mientras yo desciendo el segundo tramo, Rebe lleva una cuerda de recuperar y la engancha con la mía. Pablo y Esteban hacen lo mismo en la primera reunión.

No hicimos apenas fotos del pozo: estábamos ocupados manipulando cuerdas.

Estoy en la tercera reunión. Ahora toca esperar. Rebe me alcanza. En cuanto Esteban baje el primer tramo, recuperarán la cuerda y Pablo se asegurará de que nos llegue. Gracias a que las reuniones están perfectamente verticales, nos damos cuenta de que podemos alcanzar las cuerdas que van recuperando los compañeros sin tener que pendulear ni nada. Eso es una ventaja y un inconveniente, ya que estamos en el camino de los latigazos también. En mente teníamos el que sufrió una de nuestras cuerdas en Tibia, con un estruendo salvaje y que incluso abrió la punta. Pero hoy las cuerdas sobreviven sanas y salvas.

Tras tres o cuatro recuperaciones, vamos cogiendo ritmo y alcanzamos la repisa. Sin ralentizar, continuamos el descenso, esta vez con algún pequeño roce, nada grave. Y por fin alcanzo la base del pozo.

Durante todo el descenso, hemos mantenido las dos cuerdas de 9 mm unidas a sus respectivas cuerdas de recuperación de 8,5 mm. Esto ya no es necesario, por lo que volvemos a quedarnos una cuerda cada uno. Instalo una en doble en el Pozo del Algodón, para bajar hasta su reunión intermedia, y me llevo la otra de 9. El pozo comienza estrecho y se va abriendo. Veo la reunión, con un estribo y una cuerda fija que desciende. Me planteo usar nuestra cuerda para no dañar esa, que podría estar pensada como cuerda guía para un péndulo inferior, pero observo que está instalada en la anilla de recuperación. Así que tras un primer vistazo a su estado, decido bajar por ella. Está bien.

Continúo, siempre sin alejarme demasiado de los demás. Todos los pozos que me encuentro están en fijo, con cuerdas algo variopintas, pero en un estado bueno o razonable. Me llama la atención una cuerda rosa en el Pozo Juana de Arco, que no tendrá mucho más de 8-8,5 mm. Y también me resulta llamativo el tacto de algunas de las cuerdas, que no son redondas, sino con forma de USB-C, totalmente aplanadas. Mi teoría es que eso está provocado por no apretar bien la palanca del Stop (Ya sabéis que yo sigo fiel a mi Dressler).

Nuevamente casi reagrupados, alcanzamos el P9 bajo el Pozo del Oso y éste no tiene cuerda fija. No hay problema: venimos preparados. En este caso sí me quedo esperando con mi cuerda, y Rebe y Pablo me adelantan para bajar los dos últimos pozos. Y en ese momento, Esteban se da cuenta de que ha perdido sus chismes de fumar. Así que, si alguien lee esto y lo encuentra, seguro que Esteban estará muy agradecido de que lo dejéis en el bar de Margari.

Último pozo de llegada a las galerías de Cueto.

Tras mojarnos un poco bajo el Pozo de la Marmita, ponemos pie en la Galería Juhué hacia las 14:30. La hora perfecta para comer. Hoy toca empanada de cecina, queso de cabra y pimiento caramelizado, todo un lujo a 600 m de profundidad.

La primera parada larga.

Empaquetamos todo de nuevo, dejando esta vez las cuerdas en el fondo de la saca, puesto que no es previsible que las vayamos a necesitar más, y empezamos a caminar entre bloques. El corto tramo en la topo hasta la Sala de las Once Horas se me hace eterno, y da una idea de lo que nos espera: bloques, bloques y bloques. Están todos aquí, no falta ni uno. También vamos intuyendo que la orientación no va a ser un problema, pues hay reflectantes de sobra; incluso a veces parece que haya dos rutas de reflectantes.

Tras el ascenso a la Sala de las Once Horas, la Gran Pedrera no se nos hace tan grande, y la bajamos sin mayor problema. Seguimos "bloqueando" por la inmensa Galería del Chicarrón y poco después de dejar lejos, a la derecha, la Galería de la Capilla, alcanzamos el Oasis. Un par de garrafas abiertas por la mitad recogen el goteo del techo. Rellenamos nuestras botellas (sólo una: estoy bebiendo menos de lo debido), echamos la pastilla potabilizadora y seguimos nuestro camino.

El Oasis.

La galería se vuelve algo más sinuosa, pero la progresión es similar: bloques de frente, bloques hacia arriba, bloques hacia abajo, ¿será este reflectante o aquel otro? Da igual, todo lleva hacia adelante.

En torno a las 19:00 llegamos al desfonde del Pozo de la Navidad. Nuevamente, soy el primero en bajarlo. Cuerda correcta. A partir de aquí, ya sólo es salir hacia la calle.

El Pozo de la Navidad.

La Galería de la Navidad supone un cambio radical a la progresión. El avance sobre la topo no es tan rápido, pero es mucho más variado, y agradable, después de tanto bloque. A pesar de que enseguida encontramos trepadas y destrepes, o pasamanos para evitar desfondamientos, avanzamos ya entre formaciones variadas; en ocasiones el suelo es liso durante decenas de metros, y vemos el techo. Disfrutamos.

Uno de los desfondamientos.

Formaciones curiosas y no escasas.

Toca seguir con más detalle la descripción y la topo, aunque los reflectantes siguen presentes, haciendo evidente el camino. Empezamos a encontrar pasos que requieren algo de oposición, pero todo lo que supone cierta dificultad está instalado con cuerda fija.

Una de las muchas cuerdas fijas.

Nos acercamos a la gatera indicada en la topo, pensando que nos tocaría arrastrarnos durante un buen rato, y nada de eso. Pocos metros de gateo, alguno más de caminar agachados (Rebe, de pie) y nos podemos erguir nuevamente. Aprovechamos para hacer otra parada para cenar.

Se agradecen las paradas, aunque han de ser breves.

También aprovechamos para repasar las reseñas.

Tras ascender la E10, la cavidad vuelve a ampliarse en la Galería de los Artistas. Y enseguida llegamos al P16 en fijo que nos deja en la preciosa Sala Blanca, donde me permito el lujo de gastar algo de batería para iluminar bien las paredes. Seguimos cómodamente hasta el P31, con varios fraccionamientos y también instalado en fijo, que nos deja en el Espeleódromo. Según la descripción, este tramo debería ser bastante cómodo a pesar de su nombre; a mí no me lo resulta especialmente, con destrepes, bajadas, subidas, alguna cuerda fija... El estado de las cuerdas va siendo cada vez más variable; si bien ninguna de ellas pide cambio inmediato, sus estados y grosores variables nos hacen recurrir a todas las formas que conocemos de colocar el descendedor: habitual en S, en C, en U, con o sin mosquetón de freno..., o directamente sin descendedor.

El P31 (creo...).

Otro pozo cercano a la Sala Blanca.

Llegamos así al Pozo de la Unión y su pasamanos ascendente, que nos requiere un poco más de esfuerzo que todos los recorridos hasta el momento. Al otro lado, unas botellas de plástico recortadas a propósito permiten recoger agua de un goteo. El precio esta vez es mojarse un poco el brazo, pues no es posible dejarlas apoyadas para que se vayan llenando solas. Pero llevamos cantidad suficiente y solamente Esteban repone, por si acaso.

Cogiendo agua del Pozo de la Unión.

Entrando en la Galería de las Pequeñas Inglesas, hacemos pequeñas elucubraciones sobre el posible origen de ese nombre. Tras un par de pasos en oposición, decidimos hacer una nueva parada en una zona cómoda para sentarse. Comentamos que según la descripción, deberíamos estar entrando en una zona de avance "penoso", por lo que nos preparamos mentalmente para reptar como en Caballos-Valle, avanzar por diaclasas y meandros desfondados como en Fría-Lobo o sufrir heladoras corrientes de aire como en la M de Valporquero.

Muchas cuerdas de ayuda.

Sin embargo, todavía nos quedan por recorrer zonas preciosas e impresionantes como los Pozos Josiane, de paredes casi negras. Y cuando tenemos que arrastrarnos unos metros en alguna de las escasas gateras, o hacer algún paso en oposición asegurados por cuerda, no nos parece tan terrible ni mucho menos. Y sobre todo, si usamos técnicas como colgar la saca del pasamanos para que su peso no nos estorbe ni cuelgue tanto como para empotrarse en algún desfonde, como en el pasamanos que precede a La Turbina.

Paramos unos minutos a comernos una barrita en La Turbina, donde cuelga una misteriosa cuerda desde el techo, con la que casi engañamos a Rebe, y seguimos con la no tan heladora corriente de aire, ahora ya presente todo el tiempo. Hombre, no es como para pararse a echar la siesta en ella, pero la verdad es que en algunos momentos hasta se agradece ese fresquito. Y tras unos pasos más reducidos y serpenteantes, aparece una cuerda descendente, que conduce a otra que se introduce por una estrechez alargada. Estamos en el Agujero Soplador. Nuevamente, me esperaba algo temible de tipo la estrechez de Tonio, y veo que ahí quepo perfectamente sin agobios. Ni siquiera cambio el descendedor al cabo de anclaje y me dejo deslizar por la grieta, sin problemas. Un poco a la derecha, un poco a la izquierda y toco suelo. Indico a mis compañeros cómo lo he hecho, ya que me ha ido perfectamente, y compruebo mientras tanto que estoy ahora en una cueva totalmente distinta: hay muchas formaciones, coladas, y las dimensiones han crecido de golpe.

El Agujero Soplador, sin mayores problemas.

El nacimiento de Rebeca.

Descendemos las rampas agarrándonos a cuerdas fijas de ayuda. Los espacios van creciendo a cada paso. Llegamos enseguida al balcón sobre el Lago de la Tirolina, que ni es lago ni tiene tirolina. Debemos buscar un pasamanos que se inicia entre bloques en la pared derecha. En el tramo más largo, encontramos una placa sujeta al aire; habrá saltado recientemente. Aún así, lo pasamos sin mayores problemas, salvo si mides menos de 1,70, en que tienes que buscarte mañas para poder desanclarte en ese nudo intermedio. Ya desde abajo, comprobamos que el lago no es mucho más que un charco, y también que el nivel del agua sube muchos metros en caso de crecidas. Mientras pasan mis compañeros, aprovecho para cambiar la batería a mi frontal. He llegado hasta aquí con una sola; la segunda me dará para el resto de la cueva sin problemas. Agradezco el consejo de Carolo sobre este frontal.

El "Lago" de la "Tirolina".

Unos metros más y, tras descender el último pozo antes de los lagos, encontramos los flotadores, nuestros neoprenos y una botella con agua. Josean, Miguel, Ana y Álvaro han cumplido perfectamente. Son las 23:30.

Nuestros compañeros hinchando y porteando mientras nosotros andábamos por las galerías de Cueto.

Llega otro momento temible: ponerse el neopreno. Me hacía a la idea de una experiencia traumática, como cuando me tocó ponérmelo mojado, con 3ºC y cayendo aguanieve, para el Ossoue superior. Pero el neopreno está seco y la temperatura es muy agradable. De hecho, es de las veces que más a gusto me lo he puesto, sin exceso de frío ni de calor.

Neoprenos y barquitos.

Montamos a Rebe en el barquito de Josean, con la idea de que ella lleve las sacas. Esteban, Pablo y yo pasaríamos montados en los flotadores. El objetivo es mojarnos nosotros y los trastos lo menos posible, para no cargar el peso extra del agua hasta la salida. Pero no caben las cuatro sacas, que ahora deben llevar también nuestra ropa y equipos, y los compañeros inician la navegación por el primer lago. Como veo que el lago es largo, me monto en el flotador con la saca para no hacer volver a Rebe a buscarme. Empiezo la travesía agarrándome a la cuerda de tender con una mano, ya que la saca me impide cogerla con las dos. La cosa no es muy estable, pero voy avanzando. Sin embargo, me voy ladeando cada vez más. Trato de dar un tirón lateral para enderezar la situación antes de rozarme con la pared, y naufrago. Hale, todo mojado. Pues nada, ya sigo nadando cómodamente. Monto la saca en el flotador y listo. Espero que no se haya mojado la ropa seca.

No sé si durante el naufragio o durante el porteo por los bloques entre los lagos, mi flotador se ha pinchado. La verdad es que no me importa en absoluto pasar nadando: el agua está fría pero hemos toreado en plazas mucho peores. Solamente noto frío de verdad en las manos. El segundo lago es el menos profundo, y lo cruzo sin barco, ayudando a Rebe a no rozarse contra las piedras.

Los lagos.

El último lago sí es bastante más profundo. Los viajes de Rebe son ahora de dos sacas, así que al volver me trae el flotador de Esteban. Esta vez sí lo uso, más que nada porque se avanza algo más rápido con él, gracias a la la cuerda de tender la ropa que hace de guía. Deshinchamos los flotadores y el barquito y seguimos el avance por el Cañón de Coventosa, que me encanta, con su suelo limpio y liso, hasta que llegamos a Las Marmitas. Aquí hay dos opciones: mojar todo, ya que las marmitas cubren y por como están dispuestas es casi imposible usar los barquitos sin pincharlos, o evitarlas por un pasamanos deshilachado y bastante atlético. Democráticamente, optamos por el pasamanos. Tras unas 15 horas de actividad, se nos hace fatigoso.

Seguimos con el neopreno puesto por otro tramo de cañón. Por un aliviadero lateral se va, de forma muy curiosa, gran parte del agua. Y un poco más adelante, lo que queda de río se cuela por una gatera bajo la galería principal. Ascendemos por un tramo seco. Estamos en la Sala de los 71. Un par de cuerdas evitan tramos de agua profunda. En uno de ellos, el pasamanos tiene un cable de acero, pero parece muy exigente y preferimos pasar pisando unos bloques sumergidos, sin que nos pase el agua de la cintura. Rebe opta por el pasamanos y demuestra que la opción acuática era mucho mejor.

Telita con el pasamanos. Mucho mejor por el agua.

Llegamos a La Playa. Neoprenos fuera. Una barrita más, ¿la última? Y un trago de agua. No hace nada de frío, me permito el lujo de quedarme un rato en pelotas para estar seco antes de ponerme el mono de nuevo. Ahora la saca pesa bastante más, con el neopreno mojado y mi cuerda también (no olvidemos que se mojó en mi naufragio). Ya que Rebe es la que conoce esta parte de la cueva, paso a ir cerrando el grupo, cosa que agradezco, porque mi ritmo se vuelve mucho más lento y torpe.

Una nueva instalación fija en pasamanos nos permite sobrevolar los impresionantes Gours. Llegamos a la cómoda Galería del Vivac, con bellas formaciones. Pablo y Rebe dicen que sólo es un aperitivo de otras zonas como la Sala de los Fantasmas. Una flecha hecha con piedras en el suelo nos encamina hacia un ascenso con cuerdas fijas en la parte superior. Rebe nos avisa que habrá que arrastrarse unos 3 metros. Pero al revés que todo lo anterior, que había sido mucho menos terrible de lo previsto, esos 3 metros nos parecen 30. Es más: diría que lo son. Ganas de matar a Rebe, pero no lo hacemos porque tiene la decencia de ayudarnos con las sacas.

Una última cuerda fija en bajada nos deja al pie de la última subida, instalada por nuestros compañeros. La cuerda de 30 m ha llegado justita, ya que hay un tramo largo en pasamanos de acercamiento a la vertical.

Una plasta de vaca en el suelo, bastante reciente, que demuestra que la historia de días atrás sobre una vaca espeleóloga era cierta. Un pasillo ascendente con fuerte corriente de aire, que seguramente da su nombre a Coventosa. Y un árbol, que es lo más curioso de encontrar dentro de una cueva. Pero es que ya no estamos en la cueva. Son las 04:40. Ya sólo falta caminar hasta el coche, que también nos espera donde estaba previsto. Y todavía me queda casi media batería del frontal.

Reflexiones

El principal baremo para saber si una actividad de este tipo nos ha gustado es la respuesta a la pregunta: "¿La repetiríamos?". Pocos días después, esta respuesta ya era un "Sí" rotundo. Es una actividad larga y dura, desde luego, pero llevadera dentro de lo que cabe. Y, sobre todo, es una travesía variada y preciosa. Antes de que alguien lea esto y se piense que es poco más que un paseo, debo repetir que todos los integrantes llevamos muchos años haciendo espéleo y tenemos una forma física por lo menos aceptable. Hemos tenido que bajar 580 m de pozos y superar innumerables resaltes, pozos y pasamanos, muy variopintos, durante, en nuestro caso, 20 horas totales de actividad (incluyendo aproximación y retorno).

El balizamiento merece un comentario específico. Se podría pensar que es hasta excesivo. En ningún momento cabe apenas una duda posible. Con mi respeto por los incidentes sucedidos (pues siempre hay un cúmulo de circunstancias), no entiendo cómo es posible perderse con el balizamiento actual. Ahora bien, comprendo que se haya preferido pecar de exceso, ya que eso permite evitar esfuerzos y tiempos adicionales (por dar rodeos para buscar el camino correcto) que, en una actividad tan larga, introducirían un serio factor de riesgo.

Otro comentario específico se merece la basura encontrada por toda la cavidad. Y no sólo hablamos de cuerdas viejas en Cueto, sino de botellas, envases, envoltorios... ¿Tanto cuesta llevarte ese plástico de pocos gramos a la calle? Me asomé por curiosidad a un pocete lateral de unos 40 cm de diámetro y 3 metros de profundidad y, en su fondo, había una lata vacía. Se me cayó el alma a los pies. Luego, que este tipo de actividades encuentra detractores. Normal, si no hacemos más que darles excusas. Los cuatro sacamos más basura de la que metimos.

Sobre nuestra gestión de la actividad, creo que la forma meticulosa de informarnos, prever cada detalle y abordar el conjunto de la actividad fue la acertada, pecando levemente de precavidos. Con todo ello, como conclusiones principales:
  • Yo llevé comida en exceso. Agradecía tremendamente la empanada, y me la acabé, pero no toqué una bolsa de frutos secos que llevaba. La tartera de la empanada dificultaba optimizar el volumen de la saca.
  • Precisamente el volumen, más que el peso, es un factor limitante. Acertamos llevando bolsas estancas en lugar de bidones. Otro acierto fue llevar 2 botellas de un litro, en lugar de una de 2 litros.
  • Llevar cuerdas de 60 metros sólo aporta peso y volumen. Toda la travesía es realizable con cuerdas de 50 metros.
  • Optamos por botas de barrancos, no las de goma de toda la vida. Caminamos cómodos y sin peso adicional tras los lagos. Otro acierto.
  • Contar con un equipo de apoyo que meta los neoprenos es una excelente idea. Permite llegar a los lagos con buen nivel físico todavía, por no tener que cargar con ellos.
  • Sobre el tema de flotadores, no tenemos reflexión unánime. Si las bolsas estancas son totalmente confiables, el tiempo necesario para gestionar las navegaciones y, sobre todo, recorrer los pasamanos que evitan las marmitas y otros puntos profundos puede no compensar. Realmente, en las operaciones de embarco y desembarco se terminaron mojando bastante la mitad de las cuerdas. Yo estuve nadando y sólo tuve frío puntual en las manos, perfectamente soportable. Mi opinión personal es que no los llevaría, nadando siempre que fuese posible en lugar de recorrer pasamanos. La cuerda de tender fija facilita mucho el cruce de los lagos con ambas opciones. Mis compañeros repetirían con flotadores.
  • Sobre la ropa, íbamos con una capa térmica interior y el mono de cordura exterior. Pasamos algo de calor al movernos y quizás estuvimos cerca de pasar frío en las paradas más largas (no más de 30 minutos). No llevamos prendas adicionales y no las necesitamos. Tampoco rodilleras ni coderas.

Agradecimientos

A Esteban, Pablo y Rebeca por acompañarme en esta travesía, que llevaba pendiente desde hace tantos años. Y por hacerlo con mucho humor y baterías de sobra.

A Álvaro, Ana, Josean y Miguel, no sólo por instalar el pozo de Coventosa y meternos los neoprenos y flotadores, sino por amoldarse todo el fin de semana a nosotros.

A Lorena, por quedarse en casa con los enanos para que yo pudiese cumplir este sueño.

A todos aquellos que han instalado y balizado el recorrido. A la gente del Viana por sus topos y descripciones.

A Carolo, por su gran consejo sobre el frontal: ¡toda la travesía con una batería y media!

A Margari, por alargarnos la hora de salida de la Casuca para que pudiésemos dormir un poco más.







domingo, 7 de marzo de 2021

Travesía Torca de los Morteros - Cueva de Imunía

¿A las 6 de la mañana? ¿Estamos locos?

- Con los albergues cerrados por el bicho, para poder volver en el día sin problemas con el toque de queda, toca madrugar.

- En fin, sea pues...


Ángel, de Ávila, me había dicho que tenía ganas de cueva. Rebeca había propuesto algo para el primer finde de marzo. Buscamos entre listas de cavidades burgalesas y nada nos atraía realmente. Y pensando en el viaje que se iba a meter Ángel, tampoco era plan llevarlo a un gua. Hasta que me vino a la mente una travesía que hice por única vez hace 12 años: Morteros - Imunía.

Habré estado más de 20 veces en ese sistema. Visitas al Primer y Segundo Piso, exploración de cabecera y aledaños del Pozo Amable a principios de los 2000, visitas al Tercer y Cuarto Piso y el descubrimiento (justo el día en que realizamos la travesía) y exploración de la nueva red profunda (-400) de Imunía. Le tengo aprecio al sistema, y eso que no anda sobrado de formaciones, precisamente...

Planteamos la travesía con un ataque paralelo de dos grupos por ambas bocas. Es lo más rápido y cómodo. Por Imunía entrarían Rebeca, Matapinos y Esteban; por la Torca, Ángel, los dos Pablos y yo. La entrada por Imunía es más corta pero más bonita de instalar, porque parece que estás bajando un barranco, con su rosario de pozos activos encadenados. Por Morteros tendríamos hasta 8 resaltes que instalar. Nos cruzaríamos a -135 y subiríamos desinstalando la vía del otro equipo. La salida requería algo más de coordinación que otras, por tener que dividir el material en dos y calcular horarios. Las cuentas, con ciertos márgenes, eran:

  • 06:00: salida de Aranda.
  • 08:30-09:00: fin de trayecto.
  • 10:00: entrando.
  • 14:00: hora límite para encontrarnos en las gateras arenosas.
  • 18:00: hora límite de salida por ambas bocas.
  • 19:00: hora límite para arrancar los coches.
  • 22:00: todos metidos en casita.
Cumplimos con la hora de salida y de llegada, pero no con la hora de entrada en cueva, ¡porque nos dimos mucha prisa! Poco después de las 09:00 nos separábamos en la boca de Imunía. Había sido un acierto venir con los todo-terrenos, y eso que no pudimos acercarlos hasta la misma boca de Imunía por un nevero que bloqueaba el camino a 300 metros de ella.

Los prados de Imunía

Decidimos darnos como hora máxima para el encuentro las 13:15. Si no conseguíamos reunirnos, cada equipo regresaría por el lugar de entrada y no por el opuesto, como era la idea.

Torca de los Morteros

Aunque están próximas, acertar con la boca de la Torca a la primera no es tan fácil, porque hay que superar un cortado rocoso. La niebla llorona no ayuda pero los neveros sí, para no pincharnos con tanto matojo. Al llegar, cuerda instalada en fijo. ¡Qué raro! No hemos visto ningún coche aparcado. Por si acaso, instalamos por el otro lado del pozo. Hay tacos y placas fijas de sobra.

Instalando el P25 de entrada

Recorremos el Primer Piso hasta el desfondamiento de conexión con el Segundo. No hace falta ni plantearse por cuál de los posibles huecos hay que colarse: una cuerda fija nos encamina al más directo. Sea pues. Recorremos esta pequeña red intermedia descubriendo que hay más cuerdas fijas instaladas y, ya con poca sorpresa, la del P9 de bajada al Segundo Piso también está ahí.

Tranquilamente continuamos por la galería hasta la Encrucijada. Nos entretenemos un poquito asomándonos al P120, por el que cae agua, con algo menos de estruendo del que imaginaba (no olvidemos que queda nieve en superficie y ha estado lloviendo un poco). Tomamos la ruta hacia el Tercer Piso y vemos que los resaltes también están instalados en fijo. Es una mezcla de alivio y desilusión: está resultando demasiado fácil. A pesar de ello, vamos situando reflectantes provisionales en todos los puntos susceptibles de despiste: Rebeca ha pedido que le dejemos miguitas para no perderse.

Hacia el Tercer Piso

Superados todos los resaltes de cuerda, toca agacharse sobre la arena. Estamos a -135...

Las gateras arenosas

Cueva de Imunía

Todos los arroyos que suelen aportar agua por la entrada de Imunía lo están haciendo. El caudal que llega de las galerías superiores no es bajo tampoco. Toda esa agua se va por la nueva red. Sin embargo, hay agua de sobra para que un nuevo aporte se cuele con nosotros, por el paso que tenemos que buscar entre bloques. El chorrón de aire nos indica que el camino es el correcto. Enseguida aparecen los spit de cabecera.

Instalamos la secuencia de pozos sin alejarnos demasiado del cauce, ya que el caudal es pequeño y se puede esquivar. Sin incidentes alcanzamos la ventana que da al Tercer Piso, para lo que una cuerda fija nos guía y nos ayuda. Como vamos bien de tiempo, hacemos una paradita para comer y beber... Y escuchamos a los lejos: -¡Vaamooos, que me abuurroooo!- ¿Cómo es posible? ¡Los de la Torca han llegado mucho antes que nosotros! Terminamos de instalar la rampa y el último P10 antes de encontrarnos con ellos. Nos enseñan casi todas sus cuerdas y anclajes y nos dicen que no han necesitado instalar nada, que todo era "destrepable"... Por lo bajinis, Javi le confiesa a Esteban, para que Rebeca siga con la mosca tras la oreja, que estaba todo instalado en fijo y sólo tendrán que retirar la cuerda roja de la entrada.

Rebeca desciende el P10 justo antes del encuentro.

Caminos cruzados

Los que veníamos de Morteros salimos enseguida, que ya llevamos tiempo esperando. Hemos tardado menos de dos horas en llegar desde la entrada, sin prisa pero sin dudar en ningún punto (Se nota que alguno se la conoce...). Ya que lo normal sería tardar en salir bastante menos que el otro grupo, decidimos recorrer la Galería Abominable del Tercer Piso, para que la travesía no nos sepa a tan poco y por hacer tiempo.

Se trata de una galería llena de bloques y cascajo, de dimensiones aceptables, donde la única formación es una concreción blanca que ha rellenado las grietas del techo y tapizado algunas paredes. No deja de ser curioso. Pero lo más sorprendente es que en el punto donde la galería hace su primer giro de 90º, descubro entre los bloques ¡35 pesetas! Me había encontrado cosas variadas en las cuevas; creo que esto es de lo más inesperado.

35 pesetas

Damos media vuelta y comenzamos a subir los pozos de Imunía. Bajando no se habrán mojado, pero subiendo nos han dejado un resalte donde hay que hacer algunos malabares para no comerse el chorro... Ya le tiraremos de las orejas a Rebe.

Meandro activo de Imunía

Ya en la sala de entrada, voy a enseñarles a mis compañeros por dónde se entra a la nueva red... Pero la entrada ha desparecido. Se nota que la rampa de piedras de esta sala es bastante inestable. Razón teníamos en esperar acusado estiaje para atacar la red profunda.

Sala de entrada de Imunía


El equipo que sale por Morteros inicia la marcha tras una nueva pausa gastronómica. Recogiendo las miguitas de pan reflectantes que había dejado el otro grupo alcanzan la base del pozo de entrada en una hora y media. Pablo les espera desde lo alto de un nevero para indicarles la ruta de regreso al coche.

P25 de entrada a la Torca de los Morteros

Nos ha sabido a poco. Y con tanto condicionar el plan al reloj para no incumplir el toque de queda, parecía que estábamos echando una carrera. Al final, incluso nos sobró tiempo para lavar las cuerdas y tomarnos una merecida cerveza. Ángel hasta pudo volver a dormir a Ávila.


Bueno, pues para calentar, vale. ¿Cuándo hacemos una un poco más grande?


sábado, 7 de octubre de 2017

Sistema del Río Munio

El plan era ambicioso: empezar a andar prontito, subir los 820 m de desnivel hasta la Torca del Hombre, realizar la travesía de Río Munio, ir a Cuevas Sopladoras, realizar la travesía y salir por la Cueva del Agua con tiempo suficiente para hacer la bajada de día...

Las dos travesías. Imagen de Iberpix.

Salimos de Aranda el viernes, en cuanto Rebeca pudo salir de trabajar. Con el tiempo super-estable que estamos sufriendo (sí, porque a ver si llueve de una vez, que se me han secado los geranios), optamos por la ruta más corta, cruzando el portillo de la Sía. Un leve jirón de niebla en lo más alto fue toda la dificultad que nos planteó el viaje hasta el albergue Coventosa, de Asón. Cenita y a la cama, que tocaba madrugar.

A las 07:15 nos pusimos en pie. Necesitábamos aprovechar todos los minutos de luz, que Octubre no es lo mismo que Junio. Con las farolas aún encendidas, avisamos de nuestras intenciones al 112 y nos pusimos en marcha.

Con el lujo de no necesitar mover el coche, caminamos 300 m por la carretera hacia los Collados. Bajamos a cruzar el puente sobre el Asón y comenzamos la subida por la canal de Rolacias. La senda no está muy pisada pero es evidente. Tras salir de las últimas casas, va cruzando el cauce seco del barranco, hasta instalarse definitivamente en la izquierda orográfica, a la vez que vamos entrando en bosque. No hay pérdida posible hasta las cabañas del Chumino. Llegando a éstas, dejamos una primera senda que sale hacia nuestra derecha, hacia atrás. Es la señal para que estemos atentos, pues pocos metros  después aparece a la derecha la senda que sube hacia Río Munio.

Subida a la Torca del Hombre. Imagen de Iberpix.

Esta subida está menos marcada aún, pero también es bastante evidente. Al poco de empezar a subir, aparecemos en un prado, que seguimos por el borde izquierdo. Pasamos a un nuevo prado y, siempre por el borde izquierdo, cruzamos un cauce seco, que no es el río Munio. La subida se acentúa y la senda (mejor dicho, las sendas) se va separando del cauce para ir ganando altura. Podemos elegir la que queramos: más larga con menos inclinación o más directa e inclinada. Aunque no llegamos a ver la cueva, la intuimos. Todas las sendas se van dirigiendo a un hombro que separa el barranco del Munio del que hemos cruzado antes. Nos internamos en este otro y seguimos subiendo. Cuando ya parece que vamos a coronar, a unos 100 metros de terminar la subida, hacemos una diagonal ascendente hacia nuestra izquierda, que nos sitúa en el extremo de los prados de Elguerón. El paisaje es espectacular, dominando el valle de Rolacias, con el Mortillano al fondo.

Atravesamos los prados en dirección a una cabaña hundida al pie de las paredes. La rodeamos por detrás y cruzamos hacia el bosque. Dentro de éste, empezamos a bajar en dirección SE. Dejamos un par de agujeros y encontramos la Torca del Hombre a nuestra derecha, a unos 4 metros encima de un pequeño claro-hondonada. No se la ve hasta que no metes la nariz dentro, así que encontrarla sin GPS puede ser laborioso. Hemos tardado 2h20 desde el bar de Margari.

Sin demora, nos disfrazamos y mis compañeros me obligan a entrar primero, para que vaya instalando el primer pozo. Me encanta abrir la marcha, salvo por el pequeño detalle de mi irracional aracnofobia, que se hace patente en estas bocas estrechas. Destrepo el P6 sin dificultad, pero en el meandro de la base me encuentro unas cuantas de mis amigas, así que me doy prisa por alcanzar la cabecera del P57, donde la cosa se amplía y mis temores se alejan.

El pozo es precioso, acampanado, totalmente volado. En su base, un corto meandro nos deja en la cabecera del P8, P18 o lo que sea. Da igual. Soltamos cuerda y hasta que toque el fondo. Ojo con la roñosa cabecera: uno de los parabolt está totalmente suelto.

Cabecera del segundo pozo.

Seguimos con un P14, estrecho al inicio, limpio, precioso. En su base se subexcava un meandro. Bajamos por donde más cómodo nos resulte y pocos metros después alcanzamos el pasamanos que nos lleva a la cabecera del P34. Es otro pozo cómodo y limpio, que nos deja al lado del río.

Tercer pozo, P14.
Base del P14.
Tras el P14, se subexcava un meandro hacia el P34.
P34.

Recogemos las cuerdas, que ya no nos harán falta, y seguimos a pie, guiados por el curso de agua, a ratos agachados, a ratos de pie; nada incómodo. Dejamos a la izquierda una galería que se supone se debe tomar en caso de crecida y vamos descendiendo hasta alcanzar el paso sifonable. Ahora mismo no hay más que un charquillo. Se pasa a gatas sin complicaciones. Ya estamos en la galería principal.

Galería hacia el paso sifonable.

Como queremos ir a Sopladoras, no nos entretenemos remontando el Cañón y en pocos minutos estamos en la calle de nuevo. Creo que tardaríamos unas 2,5 h en esta travesía.

Boca de la Cueva del Río Munio.

Reponemos fuerzas al sol y al emprender la marcha nos sorprende el estruendo de un disparo. Y ladridos. Como no hemos visto claro cómo cruzar al barranco de la Sota, bajamos hasta las cabañas del Chumino y allí nos encontramos con los cazadores. Nos piden 10 minutos de espera, porque al parecer había un jabalí por nuestro camino. Les preguntamos cómo subir hacia la cascada de la Cuesta del Avellano, y nos dicen que no saben muy bien, pero que al final de los prados debe de haber una senda. Haciendo caso de otras descripciones de esta travesía y de ellos, llegamos al final de los prados y comenzamos a subir para evitar el bosque. Ni rastro de senda. Seguimos subiendo. ni rastro de senda. Llegamos al pie de unos cortados, donde recuerdo haber visto una fotografía de otra descripción en internet. Ni rastro de senda. Decidimos seguir ganando altura para luego cruzar por lo que parece una terraza entre cortados hasta la cabecera de la cascada. Ni rastro de senda, por si no lo había dicho ya. Caminamos con ayuda de las manos, por pendientes de hierba que ya pasan de 45º. Esto está empezando a ser muy expuesto y hay que asegurar bien cada paso. Aunque llegásemos algún día a Sopladoras, sería ya muy tarde para salir de día. Desistimos y comenzamos el retorno. Decido enfundarme el mono de cordura y los guantes y echo el culo a la hierba. El deslizamiento resulta ser una gran opción, rápida y segura, pues me puedo frenar sin dificultad con pies y manos. Así que convertimos un retorno incierto en una divertida actividad.

Situación de Río Munio y Sopladoras. En naranja, posible ruta de conexión. En rojo, nuestra ruta (puntos finos para lo que nos quedó pendiente). Con ? posibles sendas, no comprobadas.
Imagen de Iberpix.
Tranquilamente bajamos a Asón y cambiamos la segunda travesía por unas rabas y unas cervezas de Margari. Después de todo, volvemos a casa con buen sabor de boca.

Dominando el Valle de Rolacias, con el Mortillano al fondo.


 Fotos de Pablo González.










sábado, 3 de junio de 2017

Tibia - Fresca

Seis meses sin pisar una cueva son demasiados. Tenía ganas de hacer algo con cierta exigencia física y/o técnica, pero sin pasarse. Tibia-Fresca era la opción perfecta. Me apetecía volver, 8 años después de mi primera y única vez. En aquella ocasión, me guiaron el GPS de Pablo o la memoria de Esteban y Roberto. Podría decirse que fui con las manos en los bolsillos.

Esta vez soy yo el organizador. 3 seríamos los integrantes finalmente, lo que condicionaba los bártulos que podíamos llevar. Para informarnos sobre la travesía, aparte del clásico libro de Isidoro Ortiz, que ya tiene más de 20 años, viene prácticamente todo detallado en la descripción del Club Viana, de hace escasos meses. En ella se refleja la reinstalación realizada en el verano de 2016.

El principal condicionante para preparar el material son los 2 P85. Para su descenso en doble se necesitan 2 cuerdas de 60 m. Sumando una tercera de repuesto, para que un eventual enganchón no nos deje bloqueados, significa que tendremos que cargar con 180 m de cuerda entre los tres. Evidentemente, la única opción es Ø9 mm. Agua, comida ¡y poco más cabe ya! En cuanto al material de reinstalación, dado lo reciente de la reequipación, confiamos en no tener que utilizarlo, por lo que si es necesaria cuerda, abandonaremos de la de repuesto; si hacen falta conectores, abandonaremos nuestros mosquetones.

Como Pedrete piensa quedarse el domingo por Cantabria pero Rebeca y yo tenemos que volver pronto, tendremos dos vehículos disponibles, por lo que optamos por hacer combinación de coches y aparcar el primero en los Collados del Asón. El segundo lo dejaremos en las Casucas de Asón. Para dormir, elegimos el albergue de Margari (bar Coventosa), en Asón.

Aparcamientos y situación de bocas. Imagen extraída de Iberpix.

Lo primero que hacemos tras aparcar los coches es llamar al 112, tal y como indica el permiso de visita de cavidades cántabras. Preparaos para estar un ratito al teléfono, porque piden toda clase de datos: qué vas a hacer, horarios previstos, vehículos que dejas, dónde los dejas, matrículas, modelos, colores, teléfono de contacto, otro teléfono, otro teléfono más de quien dejas fuera avisado... Superado este trámite, nos ponemos en marcha a patita, con la amenaza de la lluvia sobre nuestras cabezas. En algún lugar indica que el tramo de pista que debemos recorrer puede hacerse en coche; lo cierto es que la pista está restringida, por lo que sería difícil explicarse en un eventual encuentro con un agente. Por media hora de marcha, no merece la pena infringir la normativa.

La descripción del Viana es detallada de sobra, y la seguimos. Dudamos un momento ante el cruce en que debemos abandonar el camino de Colina para dirigirnos hacia el Albeo, pues el letrero ha desaparecido. Sin embargo, los árboles de la foto siguen ahí, sin moverse.

Tras un tramo de senda en descenso poco marcada, ya en el Albeo, en vez de rodear las cabañas, nuestra senda nos lleva cruzando de pasto a pasto, hasta alcanzar la cresta del otro lado de la depresión, junto a una cabaña hundida. En lugar del Mortillano, Asón o el barranco Huerto del Rey, nosotros sólo vemos nubes. Ya no tenemos más referencias y ninguno tenemos GPS, así que toca tirar de memoria. A ver cómo encontramos la boca de Tibia con una visibilidad menor de 100 metros...

Recorremos la cresta en busca de alguna senda. No la encontramos, por lo que, desde la parte alta, decidimos descender "más o menos" en dirección de la boca. Cruzamos una alambrada y seguimos descendiendo diagonalmente, en dirección NNE. Una zona de hierba con resaltes rocosos nos resulta algo familiar. En ese momento, la niebla se abre levemente y nos permite ver un grupillo de árboles unos 50 metros más abajo. Ya está, tenemos que estar muy cerca. 10 minutillos dando vueltas nos bastan para encontrar la boca, que no es visible desde arriba.

Organizamos el descenso y nos adentramos en la sima hacia las 12:30. No llevamos reloj, así que las horas son estimadas. Rebeca y Pedrete instalarán todos los pozos con sus cuerdas y yo desinstalaré y llevaré la de repuesto. En los P85, instalaremos el primer tramo en doble, y desde la reunión con la segunda cuerda en simple. Siempre haremos nudo fin de cuerda, que habrá que deshacer antes de recuperar la cuerda. Para el empalme de cuerdas, el nudo que menos se atasca es el simple o de vaca, dejando las puntas en el mismo lado, con unos 40 cm de sobrante. La instalación de la cuerda debe hacerse siempre pensando en la recuperación: si al pasarla por la anilla uno de los lados de la cuerda queda pegado a la pared, éste será el extremo de recuperación. Si lo hacemos al contrario, en el momento de tirar podemos aprisionar la cuerda consigo misma, dificultando la recuperación.

Empalme de cuerdas con nudo de vaca.

Enseguida alcanzamos el primer P85. Todo correctamente instalado, no hay roces. Al recuperar la cuerda del primer tramo, lógicamente una de sus puntas se precipita al vacío desde los 85 metros de altura. La hace produciendo un sonoro latigazo, que luego descubrimos con estupor que había deshilachado un par de cm del extremo de la cuerda. Sirva de aviso para apartarse mucho cuando se recupera una cuerda.

Primer P85 desde su base. Foto de Pedrete.

El meandro siguiente se me hace más largo de lo que recordaba, aunque no tiene pérdida y no es un meandro demasiado incómodo. Descendemos los dos pozos antes de la famosa gatera de Tibia. Aquí noto la falta de práctica: me introduzco en ella y me giro automáticamente hacia la izquierda. No es así, y lo sabes, ¡zoquete! ¿Será la falta de práctica, los años, los 5 kg de más? Me trago mi orgullo y retrocedo para volver a empezar. A la segunda va la vencida y despacito, sin gran esfuerzo, entro, hago la curva y consigo salir de lo más estrecho. Al final no era tan grave como lo recordaba. Esta vez la saca se ha portado razonablemente bien. Es fundamental entrar mirando hacia la derecha, con la saca por delante. Creo que a Rebeca le costó más; de hecho, entró a la gatera con braga y salió sin ella...

El pozo del péndulo y el siguiente están instalados en fijo, con cuerda en buen estado, así como los pasamanos de la Galería de las Pérdidas. Aquí hacemos la primera parada para comer algo.

Rápidamente alcanzamos la cabecera del segundo P85. Usamos la misma técnica que en el primero para las cuerdas. Cuando llego a la reunión intermedia, no la recordaba en absoluto. ¿Habrá sido cambiada de sitio? Curiosidades de la memoria... En ella, una de las placas está suelta, pero hay otros 5 anclajes, todos unidos entre sí. Pensando en recuperar, la instalación que más separa la cuerda de la pared es la más vieja, con dos maillones oxidados.

Segundo P85 desde su base. Foto de Pedrete.

Recorremos el río de Tibia como un rayo. Todo está instalado en fijo, con cuerdas en buen estado. El caudal es bajo. En la cortina de agua no nos mojamos, sólo nos refrescamos un poquito.

Alcanzamos así el P15 ascendente que desemboca en Parisinos. En el punto más estrecho del ascenso, la saca, hasta ahora razonablemente colaboradora, decide engancharse con la cuerda, obligándome a retreceder donde más incómodo no puedo estar. Ni siquiera a pesar de mis amenazas de tortura y de lenta y dolorosa agonía decide colaborar.

Al salir del dichoso agujero, Rebeca y Pedrete no se atreven a acercarse a mí. Mi hostilidad hacia la saca es tal que temen que les salpique algo de sangre... o de PVC. Subimos el P10 y paramos a comer otra barrita en la entrada de Parisinos. Mi odio hacia la saca sigue ahí, pensando en la zona de estrecheces que comienza ahora. Sin embargo, ésta se me hace más corta de lo recordado, y enseguida llegamos junto al P70. "¿Ya?" pregunta Pedrete. "No puede ser tan pronto". Pues sí. Y pocos minutos después, salimos al Cañón Rojo y la Sala Rabelais. No es de extrañar: hay tantos reflectantes que parece una autovía. Es imposible perderse.

La Fuente de los Macarrones. Foto de Pedrete.

Ya está hecho. Sólo nos queda disfrutar de las grandes galerías y formaciones hasta la salida. La Vira de la Araña, el Tracastín, el Bloque 64... Todo está correctamente instalado y en buen estado.

Alcanzamos la boca de Fresca aún de día. Son las 21:00, por lo que hemos empleado unas 8,5 horas en la travesía. En menos de una hora alcanzamos el coche, descendiendo con mucha tranquilidad.

Boca de Fresca. Foto de Pedrete.

Me llevo incluso mejor recuerdo de esta segunda vez. Me ha gustado mucho la travesía. Los pasos "esforzosos" se me han hecho más llevaderos de lo que mi memoria recordaba. Sólo falta un poco de entrenamiento para no salir más cansado de lo que me gustaría. Ya estoy pensando en la siguiente...

Vuelta hacia las Casucas de Asón. Foto de Pedrete.