domingo, 9 de marzo de 2014

Ruta Silos - Peña del Águila - Peñacoba


Por fin, después de este larguísimo otoño que ya dura hasta Marzo, dejó de llover y los humanos salimos al monte. Teníamos ganas ya de que nos diese el aire y de caminar bajo el sol. Y para eso nos fuimos a Santo Domingo de Silos, donde lei en internet sobre una rutilla poco frecuentada, con una cascada y todo...

Ruta señalada sobre mapa extraído de Iberpix.

Dejamos el coche en Silos y nos encaminamos hacia un valle encajado que se abre en dirección Sureste. Para alcanzarlo, hay que pasar junto a una explanada que parece destinada a campamentos o a piscinas de verano. Por este valle viene el arroyo de Peñacoba, que supongo se secará en verano. Pero nosotros lo encontramos con un buen caudal, y hierba verde. Un pequeño puente de madera y unas mesas indican que es lugar frecuentado por paseantes.

No llevamos 500 metros caminando por este desfiladero cuando las paredes se juntan y el cauce ocupa toda la anchura disponible. Probablemente en verano podamos continuar por el fondo del valle, pero nosotros no queremos hacer el resto del camino con los pies mojados, y nos vemos obligados a buscar una alternativa. Ascendemos por la empinada ladera de nuestra izquierda (derecha orográfica). Hay bastante piedra suelta, por lo que recomiendo buscar roca firme, para evitar el efecto de "escaleras mecánicas". Cuando la pendiente se suaviza, podemos asomarnos hacia el Sur para buscar el primer paso posible que nos permita descender de nuevo hacia el cauce. No buscamos el arroyo directamente, sino que iremos bajando a él paulatinamente, acercándonos al cortado que se ve en dirección Sur. No busquéis una senda marcada: no la hay.

La cascada (1)
El primer punto de interés de la ruta es la cascada que señalo como (1) en el mapa. Es un curioso salto de unos 5 metros, con una poza debajo. Además, queda oculta por la vegetación, que impide verla hasta que no estamos junto a ella.

Las paredes que rodean la cascada nos impiden seguir nuestro camino por el valle, y tendremos que salir de él por su derecha orográfica. Ascendemos unos metros por la base de las paredes, en dirección Noreste, y buscamos el primer paso posible, sin que presente una escalada expuesta. Nosotros encontramos una pequeña canal que termina en un pequeño arco de piedra natural, bajo el que salimos del valle, a modo de cueva (2).

Desde este punto, seguimos ascendiendo suavemente en dirección Sureste por una zona erosionada, sin vegetación. Poco a poco irá apareciendo una senda de ovejas o, si nos adentramos un poco entre los árboles, una antigua pista. Ambas nos conducirán cómodamente hasta las Tenadas del Cerrito, que nosotros encontramos rodeadas de hierba verde, verde. Se nota que lleva meses lloviendo...

Desde las tenadas tenemos la opción de acortar nuestra ruta a la mitad, tomando la pista de regreso a Silos, que discurre por el otro lado del arroyo de Peñacoba. Pero nosotros elegimos hacer la ruta completa y buscamos una senda que se dirige hacia el Este. Al principio se la ve bastante pisada por ovejas, pero enseguida aparece una bifurcación. Nosotros tomaremos la menos pisada, que asciende hacia la derecha. Más que una senda, parece que en su día fue una pista, hoy echada a perder. Sigue bastante rectilínea, suavizando su ascenso a medida que avanzamos,  volviéndose llana y hasta empieza a descender poco a poco.

Cerca de 1,5 km después de las tenadas, la senda se difumina y se pierde. En este punto, tomaremos el vallejo que discurre en direccion Sur, hacia el Collado de la Hoya. Cuando estemos ya cerca de él, podremos empezar a ascender hacia la Peña del Águila. Nosotros no encontramos senda en todo este tramo, pero no es una zona en que ir campo a través sea difícil ni engorroso (Al menos, con el día totalmente despejado que disfrutábamos...).

El ascenso a la Peña e relativamente empinado, pero no muy largo (apenas 100 metros de desnivel). Las vistas que nos regala su vértice geodésico (3) merecen la pena realmente. Enfrente nuestro, al Norte, tenemos las mesetas de San Carlos y Carazo. Detrás, más lejos, se alzan el Mencilla y el San Millán. Hacia el Este, vemos claramente los Picos de Urbión. Más escondido, más al Este, podemos encontrar el Moncayo. Seguimos girándonos y vemos todo el Sistema Central, con el Pico del Lobo y, más lejos, Peñalara. Por supuesto, media Meseta Castellana. Pero lo más asombroso era que el día estaba tan claro que se podían divisar Espigüete y Curavacas en la montaña palentina, y los Picos de Europa justo detrás. Así que aprovechamos para comer en la Peña y poder disfrutar así un rato más de las vistas.

Vértice geodésico de la Peña del Águila (3)

Nuestra ruta regresa en dirección Oeste, cresteando a partir de aquí. Descendemos hasta el Collado de la Hoya y volvemos a ascender al otro lado, sin abandonar ya la cresta hasta llegar a una cruz de madera (4). Este tramo de ruta es el más delicado para los tobillos, pues discurre por terreno calizo, rocoso. Desde aquí vemos por fin la población de Peñacoba, a sus pies. También podemos ver la pista de regreso a Silos.

Para bajarnos de las peñas, buscamos al Noreste una senda que se introduce en un incipiente vallejo. La senda desciende por él totalmente rectilínea, hasta morir en la pista de acceso a las Tenadas del Cerrito. Seguimos descendiendo hasta cruzar el arroyo de Peñacoba.

Ya solamente nos queda seguir la pista que conduce a Silos. Tras una pequeña subida, la pista gira al NO, paralela al valle del Peñacoba. Enseguida comienza a descender suavemente, ganando pendiente a medida que nos acercamos a Silos. Ya solamente nos queda pasar junto a la Ermita de la Virgen del Camino, antes de terminar nuestro recorrido.

No encontré la cámara de fotos, y solamente tengo unas pocas hechas con los móviles. Además, así la veis por vosotros mismos...

Santo Domingo de Silos.

Recomendaciones


A excepción de la pista entre Peñacoba y Silos, que forma parte del Camino del Cid, esta ruta no está marcada ni balizada. Por ello, no esperaba gran cosa de ella, pero todos quedamos muy gratamente sorprendidos, sobre todo por los paisajes y las vistas que nos regala. Por ello, es muy recomendable realizarla en días despejados. Además, aunque no resulte difícil orientarse, la ausencia de sendas, balizas, e incluso de hitos, la hace desaconsejable para días de niebla. Otra cosa sería disponer de un GPS, pero yo aún carezco de esta tecnología, y todavía me siento cómodo con un simple mapa de papel. No presenta una especial dureza, pero tiene un par de tramos de terreno escarpado y pedregoso, especialmente toda la zona de cresta.

Si queréis que la cascada tenga agua, no vayáis en Agosto. No olvidemos que la hemos hecho el primer fin de semana soleado después de 3 meses seguidos de lluvias y nevadas...


Cómo no...


No pude resistir a mi olfato barranquero, y viendo la cascada y lo encajado del cauce del Peñacoba, seguí durante unos centenares de metros el arroyo desde el lado de Peñacoba, para ver si podía merecer la pena su descenso como barranco, puesto que los únicos reseñados por la zona (La Yecla y Tejada) atraviesan también las Peñas de Cervera de Sur a Norte. Pero tras unos 300 metros de pelearme con zarzas y matojos varios, desistí y salí al camino de Silos. No parece haber nada interesante en este sentido, aparte de la cascada.




sábado, 4 de enero de 2014

Solviejo - Rayo de Sol

¡Vale ya de turrón y vámonos de cuevas!



Teníamos ganas de cuevas, pero necesitábamos algo relativamente sencillo para seguir probando la rodilla de Lorena. Viendo que el tiempo anunciaba viento del Sur por la mañana, con lluvias, pensé que lo mejor sería irse a Cantabria, donde los Sures dejan mucho aire pero poca agua... hasta que rolase el viento por la tarde. Pero preferíamos entrar secos a la cueva.



Tenía ganas de algo de tipo Rubicera, pero sus pasamanos eran demasiado exigentes para Lorena. Julia había estado en Solviejo a finales de año. Yo le tenía echado el ojo, pero nunca me había animado a preparar una salida allí. Me confirmó que era asequible y bonita, así que nos fuimos para allá.



La aproximación está suficientemente explicada en la página del espeleosocorro cántabro, así como en los numerosos blogs de internet que la describen. Dejamos el coche antes de la bajada pronunciada. Alcanzamos la cabaña de la bifurcación y nos dirigimos a buscar Rayo de Sol, la salida. Y la encontramos a la primera. La verdad es que desde fuera se la ve estrecha...


Cabaña clave en la aproximación.

 
De vuelta a la cabaña, subimos hacia Solviejo. Ésta nos costó un poquito más, pero no perdimos más de 10 minutos. La mejor indicación es que se alinea perfectamente con el vallejo que desciende a sus pies y está metida en el bosquecillo de laureles.


Boca de Solviejo.


Una vez dentro, encontramos la primera vertical enseguida. Es un pozo de 20 metros que empieza en rampa, con reunión intermedia. En ella hay 3 parabolt con anilla, aunque una de las tuercas está bastante salida (que no suelta). La cuerda nos deja en una sala desde donde parte el camino hacia Brain Cell Hall y Viaje Rápido, pero lo dejamos para otra ocasión y nos dirigimos hacia una cuerda instalada en una colada. Arriba, empiezan las distracciones con las preciosas formaciones que nos obligan a sacar la cámara.


Formaciones tras el primer pozo.


Nuevamente una cuerda fija nos ayuda a descender hasta la cabecera del segundo P20, el último que nos hace colocar nuestra propia cuerda. El descenso presenta un roce muy acusado pero suave, que no se traduce en un gran problema siempre que no se nos ocurra ascender por la cuerda, y bajemos con delicadeza, sin tirones. En su base, un gran charco moja y embarra la cuerda cuando la recuperamos (¡qué le vamos a hacer...!).


Una pequeña trepada y nuevamente una cuerda fija nos ayuda a descender una resbaladiza colada. Estamos dando una vuelta completa para volver a pasar por debajo de la sala de entrada. Pero en este punto la cosa se estrecha y hay que atravesar una cómoda gatera con un pequeño charco estratégicamente colocado para obligarnos a hacer malabares si no queremos mojarnos.

Gatera de entrada al meandro.

Desde aquí, recorremos un comodísimo meandro que termina en un pocete en la entrada de la Sala del Campamento. Una paradita a comer (parece que es lo típico en este punto) y nos desviamos de la travesía para recorrer algunas galerías. Es algo totalmente recomendable, pues las formaciones que aparecen en ellas son preciosas y variadas.

Meandro hacia la Sala del Campamento.
En la "Sala del Tubo", según una pintada en la pared.

Estalactita de colores.

Pared agrietada y rellena de cemento blanco.

De vuelta a la Sala del Campamento, volvemos a la travesía descendiendo un P9 (algo menos, la verdad), y entramos en un sector menos cómodo, con algunos tramos de gateo e incluso arrastre. Esto debe de ser lo que los ingleses llamaron Chocolate Crunch Series, por el sonido del suelo al pisarlo. Pero está tan pisado, que ni cruje ni ná.

Arrastrándonos llegamos al P23 que nos deja en Rayo de Sol. También está instalado en fijo. No es el paraíso de la comodidad, pero basta con bajar sin dejarse encajar demasiado. En su base seguimos por una diaclasa inclinada, con una trepada de incómoda salida al final, y rápidamente llegamos a la base del P15. Otro pequeño tramo de arrastre tras ascender y estamos en la base del P10, donde comprobamos el motivo de llamar a esta boca Rayo de Sol.

Ya sólo queda subir el P10 y salir al exterior, pero ahí estaba el mayor obstáculo de la cueva para mí: un montón de arañas patudas con mirada amenazadora (Sí: les veía los ojos...). Contemplé la posibilidad de volver atrás, pero subir dos P20 sin cuerda se me antojaba algo complicado, así que hice acopio de toda mi fuerza de voluntad y salí, haciéndome lo más delgadito que pude. Menos mal que ellas deben de tenerme tanto miedo como yo a ellas...

Matapinos sufriendo en la salida.

Foto de grupo.

En la calle, lloviendo, para cumplir la predicción meteorológica. Pero, por una vez, los astros se alinearon y un claro en la nubes nos permitió ver el segundo rayo de sol del día, y cambiarnos con tiempo seco.

Una travesía preciosa, variada y sencilla. Así sí se crea afición por la espéleo.



domingo, 15 de diciembre de 2013

Cueva de San Cristóbal

Una rodilla para probar, un domingo sin planes y un nuevo incauto al que introducir el gusanillo de la espéleo... Si a esto le sumamos que yo no la pisaba desde hacía casi 20 años, eran las condiciones ideales para visitar la cueva de San Cristóbal.


La boca se abre al exterior en la ladera O del cerro de San Cristóbal (de ahí su nombre, digo yo...), por la que desciende un pequeño vallejo. Éste es el que seguiremos para la aproximación, después de dejar el coche en el pueblecito de Arganza.

Imagen tomada del Sigpac.

La cueva es totalmente horizontal. Esta sencillez, unida a su fácil aproximación, la convierten en ideal para iniciarse en esto de la espeleología. Pero también hicieron de ella el objetivo de desaprensivos que no dejaron viva una sola estalactita ni olvidaron pintar su nombre en cada rincón. Afortunadamente, la naturaleza es sabia y poderosa, y ya pudimos contemplar macarrones de unos pocos centímetros que crecen de las heridas causadas por nuestros predecesores. Con suerte, dentro de unos 50.000 años a lo mejor recupera su aspecto de hace 50.

Estalactita cortada.

Macarrones brotando de formaciones rotas.

Olvidando este deterioro, San Cristóbal nos ofrece todavía abundantes formaciones excéntricas y una pared llena de raicillas, que asoman curiosamente por cada grieta y orificio.

Banderas bajo una colada.

El tubo freático.

Haciendo pruebas de iluminación para la foto.

Habitante.

Pero lo mejor del día fue poder mostrarles una cueva más a Roberto y a Juan Carlos, comprobar cómo la rodilla no impedía a Lorena sortear cada obstáculo, adivinar qué sentimientos despertaba en Félix su primera visita al submundo y recordar a un Peque de 12 años que se recorrió cada gatera y recoveco de la cueva.

Foto de grupo junto a la boca.